viernes, 13 de abril de 2012

Consejo de un discípulo de Casavella a un fanático de Wallace

Era muy tarde y los dos habíamos bebido demasiado. Cansado de hablar de fútbol, de mujeres y de viajes pendientes, me decidí a hablarle del último libro de David Foster Wallace, El rey pálido, publicado de manera póstuma tres años después de que el autor pusiera fin a su vida con una soga y un pequeño salto, aunque lo que en realidad quería decirle era que a veces, algunas tristes y etílicas veces, yo mismo me imaginaba despidiéndome de él y de todos vosotros de la misma manera, tan sencilla, tan rápida, tan profundamente liberadora como irremediablemente trágica. Pero sin dejarme tiempo para elaborar un discurso coherente, él, mi colega de profesión, signifique eso lo que signifique, amén de fiel compañero de borracheras e inigualable devorador de libros y al cual prefiero no nombrar por temor a las represalias del tan mezquino y traicionero mundillo literario, signifique eso lo que signifique, mi colega, como digo, ebrio de amistad y sobrio de lucidez, o viceversa, detuvo mi parlamento y se lanzó a hacerme una larga serie de preguntas para las cuales, ni entonces ni ahora, encuentro la más mínima respuesta. La primera de ellas fue la siguiente: ¿Por qué eres capaz de pasarte más de 500 páginas con David Foster Wallace pero no aguantas ni una docena con Francisco Casavella? Como no supe o no tuve valor para contestarle, mi colega siguió cuestionándome del siguiente modo (es decir, haciéndome cuestiones y cuestionando a la vez mi criterio) utilizando, premeditada e irónicamente, el plural mayestático. 




¿Por qué todos nosotros, jóvenes, adultos y viejos, hemos leído la más bien poco interesante aventura de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger pero no la descripción sociopolítica de nuestra patria hecha por Rafael Sánchez Ferlosio en El Jarama? ¿Por qué sabemos quién es Ann Beattie pero apenas tenemos claro quién fue Carmen Martín Gaite? ¿Por qué hemos visitado el condado de Yoknapatawpha de William Faulkner pero no tenemos valor de adentrarnos en la Región de Juan Benet? ¿Por qué devoramos los libros de Nick Hornby pero no hacemos caso de los de Kiko Amat? ¿Por qué nos interesa la desquiciada sociedad mostrada por Bret Easton Ellis pero ridiculizamos la que recrea José Ángel Mañas? ¿Por qué nos excita Michel Houellebecq pero nos deprime Alberto Olmos? ¿Por qué elogiamos la fanfarronería de Hunter S. Thompson pero no la toleramos en Robert Juan-Cantavella? ¿Por qué Paul Auster nos tiene embrujados pero no prestamos oídos a Antonio Orejudo? ¿Por qué Haruki Murakami es un fenómeno sociológico y Ray Loriga no es más que un socio de lo fenomenológico? ¿Por qué nos enorgullecemos de leer a Tom Wolfe, de conocer las obscenidades de Bukowsky, de haber hecho autostop en la ruta 66 como si fuéramos Jack Kerouac, pero no soportamos la vocación social de Isaac Rosa, las meteduras de pata de Cela, ni la fantasmagoría de Agustín Fernández Mallo? ¿Por qué nos desternillamos con las marranerías de Henry Miller pero nos espanta la sicalíptica de profunda raigambre castellana de Juan Manuel De Prada? ¿Por qué J. M. Coetzee consigue estremecernos y Javier Marías sólo logra matarnos de aburrimiento? ¿Por qué preferimos las remembranzas de James Ellroy sobre los años 60 en EE.UU. a la autopsia sobre el 23-F de Javier Cercas? ¿Por qué nos vanagloriamos de haber atravesado El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell pero no sabemos glosar ni una página de la Antagonía de Luis Goytisolo? ¿Por qué nos conmueve la infantilidad poética de Yasunari Kawabata y abominamos la poesía infantil de Gloria Fuertes? ¿Por qué nos reímos con la irreverencia de Neal Pollack pero no entendemos el humor absurdo de Sergi Pàmies? ¿Por qué nos fascina la heteróclita escritura de Julian Barnes pero no apreciamos la versatilidad de Quim Monzó? ¿Por qué nos sumergimos en las historias sudistas de John Steinbeck pero no queremos saber nada de la Castilla de Miguel Delibes? ¿Por qué nos apasiona la modernidad de Hamsun y no logramos ni siquiera entender la de Azorín? ¿Por qué sabemos todo sobre el exilio parisino de Hemingway pero nada sobre el exilio político de Juan Goytisolo?

Llegado a este punto, mi colega hizo una pausa, una breve y significativa pausa, y después de tomar aire continuó. ¿Por qué Balzac y no Galdós? ¿Por qué Goethe y no Larra? ¿Por qué Tabucchi y no Muñoz Molina? ¿Por qué MacCullers y no Laforet? ¿Por qué Melissa P y no Almudena Grandes? ¿Por qué Dumas y no Pérez Reverte? ¿Por qué Sebald y no Vila-Matas? ¿Por qué Kurt Vonnegut y no Manuel Vilas? ¿Por qué Susan Sontag y no Rosa Regàs? ¿Por qué Franziska Von Reventlow y no Belén Gopegui? ¿Por qué William Saroyan y no Max Aub? ¿Por qué Primo Levi y no Arturo Barea? ¿Por qué el boom latinoamericano y no la gauche divine? ¿Por qué, en definitiva, buscamos tan lejos de casa aquello que nos hace iguales? ¿Por qué son tan refulgentes las luces que vemos titilar en el horizonte y tan molesta la luz de nuestra calle que entra por la ventana a altas horas de la madrugada? ¿Por qué nos peleamos por importar el mejor y mayor ejemplo del decadentismo yankee (es decir, Las Vegas) a nuestra propia y decadente ciudad? ¿Por qué nos conmueve la acción y la detención de George Clooney pero nos palmeamos la espalda y cacareamos con la detención de Guillermo, Willy, Toledo? ¿Por qué somos, tú y yo y todos los españoles, tal como somos?

Mi amigo se calló de golpe y su mirada y su silencio eran más de lo que yo podía soportar. "Es muy tarde y los dos hemos bebido demasiado". Eso es todo lo que pude decirle antes de separarnos y emprender el camino de vuelta a casa.

Posdata: Quien sepa la respuesta le recomiendo que la escriba en otro idioma, que logre publicar un libro, que tenga éxito a escala mundial y que se traduzca a muchas lenguas, y entonces lo leeremos. Y todos, uno por uno, le daremos la razón. ¡Cómo no! ¡Por supuesto! ¡Faltaría más! ¡Eso mismo llevo diciendo yo muchos años!

miércoles, 29 de febrero de 2012

España en los diarios de Vilas



Me siento desgraciado. Ernesto Sabato lo sabía: "Uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido". La noche que el cine español celebra su fiesta con una gala pomposa y exultante, yo estoy cenando solo comiendo una pizza congelada y añorando tiempos mejores. Es curioso cómo reacciono cuando gente tan guapa y tan elegante, con tanto dinero y tantos trajes caros, con tantas garantías de éxito y de futuro y con tantas ayudas y tantos grandes amigos y tantos magníficos compañeros y equipos técnicos y tanta familia a la que agradecer su apoyo incondicional, es curioso, no deja de ser curioso, o al menos eso me parece a mí como hombre solitario, pobre como una rata y sin amigos en el mundillo literario (y acaso tampoco en el mundo real), pues no deja de resultarme curioso comprobar que "los sueños hechos realidad" de los demás me producen vergüenza, asco y desolación. Por lo tanto, hablemos con propiedad, en lugar de decir me siento desgraciado debería decir, sin ambages, que soy un desgraciado. Visto así, es del todo normal que no tenga muchos amigos.

Lo anterior, de todas formas, no tiene ninguna importancia. Me refiero a que gente tan guapa y tan elegante y con tanto éxito y etcétera se dedique a lamerse las heridas en televisión y con ingentes cantidades de dinero público de por medio. (Que yo sea un desgraciado, desde luego, es un tema de máxima prioridad en la agenda nacional). Si España sigue empeñándose en presentarse al mundo como un país de sonaja y pandereta por muchas películas de robots que se hagan; si aunque hayamos ganado el Mundial y la Copa Davis no aceptamos la burla y la sátira de los demás siendo estos géneros tan propiamente españoles; si nuestro carácter (si mi carácter como español) es envidioso, rencoroso y mezquino, todo ello no es más que una muestra de que las cosas no marchan bien, o no tan bien como podrían o deberían marchar. Por supuesto, yo no sé cómo deberían marchar las cosas así que no entiendo por qué estoy diciendo lo que estoy diciendo. Pero ¿qué estoy diciendo? Es igual. Olvidémoslo. Viva España, viva el cine español y gracias a todo el equipo que ha hecho posible que nuestro sueño se haya hecho realidad.
 
Pero yo he venido aquí para hablar de mi libro y aquí no se habla de mi libro y venga a entrar publicidad y venga a entrar invitados y aquí no se habla de mi libro así que yo me voy. La sátira, la parodia, el sentido del humor y la conjunción de elementos propios de la baja y la alta cultura son las características principales de la última novela de Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962), Los inmortales. El argumento, como suele ocurrir en su narrativa, es una excusa para desplegar a lo largo de sus delirantes pasajes ciertas obsesiones y ciertas iluminaciones. Como la ruptura con la tradición española, a la que admira y al mismo tiempo ridiculiza. Como el descreimiento acerca de los hechos y los personajes históricos. Como la vulgarización de ciertos mitos culturales y la entronización de algunos productos de consumo. Como la crítica a la alienación poscapitalista y la aceptación de su poder y su influencia. Como la voluntad incansable de entender qué es España, quién la representa y qué demonios quedará en pie de todos nosotros cuando hayamos muerto y nuestros descendientes viajen a diario de un planeta a otro con la indiferencia con la que nosotros hacemos un transbordo en Nuevos Ministerios.



¡Dejarme hablar! El milenarismo va a llegar. Me gusta Vilas. Como narrador, es posible que no logre, quizá porque no le interesa, la excelencia en el lenguaje, la belleza en las imágenes o la originalidad en las metáforas. Su virtud, y seguramente su defecto, reside en ser un escritor radicalmente posmoderno. Lo sé, no sólo porque es evidente, sino porque él mismo me lo aseguró durante una entrevista. Fue una charla amena y divertida, histórica y delirante, como lo es su concepción de la literatura (una concepción festiva y estimulante que nada tiene que ver con mi visión catastrofista, agónica y desquiciada de la cual, dicho sea de paso, empiezo a estar harto aunque no logro averiguar cómo desentenderme de ella). Durante esa charla Vilas y yo hablamos de política con sarcasmo y del sarcasmo en la política. Hablamos de la Historia como gran ficción (las imágenes del golpe de Estado de Tejero), y de las ficciones de la Historia (la misteriosa actuación del rey tras el levantamiento). Hablamos del rey, de Juan Carlos I, como representante de esa colectividad llamada España, y de lo ficticio que resulta que ese señor nos represente a todos. Hablamos de la sociedad de consumo y de sus crisis y de sus (des)ventajas en el vestíbulo de un hotel de cuatro estrellas donde su editorial le había reservado una de las mejores suites. Hablamos y me gustó hablar con él. Me pareció un hombre con un espíritu joven para tener ya 50 años. Me pareció sensato y elocuente. Me pareció conciliador y discreto. No había en él rastro de envidia, rencor ni mezquindad, y aún así me pareció profundamente español. Además, cosa extraña, a su lado no me sentí desgraciado y zafio; es más, me alegré sinceramente por haberle conocido, por su éxito, pequeño o grande, y por su buen hacer.

Entonces, ¿qué significa ser español? ¿En qué consiste ese lugar llamado España y qué nos aporta y qué nos niega? ¿Qué narices tengo yo en común con toda esa gente guapa y elegante y exitosa que sale por la tele dándole las gracias a la madre que le parió? Por ejemplo, un territorio, unas costumbres, un idioma. Por ejemplo, una enseñanza, un pasado histórico, unos rasgos faciales, una selección de jugadores, una amalgama de influencias artísticas. ¿Qué más? Una forma de entender la política, una manera de hablar de los demás, una mitología popular desordenada, un cancionero repetitivo y unas imágenes inalterables, una bandera, una patria, un rey. Es decir, muy poco o nada. Ahora entiendo por qué somos como somos. Manuel Vilas, tú y yo, incluso puede que hasta toda esa gente guapa y elegante que hace cine (mejor, peor y tremendamente mal), incluso puede que hasta el mismísimo rey, todos nosotros, todos vosotros, ahora lo entiendo, somos peces raros nadando en las profundidades de un océano inconcebible llamado España. Y todos somos diferentes y todos somos iguales porque todos somos españoles y ¡olé!

Posdata: Mi más sincera enhorabuena a los premiados, lo cual, a buen seguro, y como buenos españoles y españolas que son, les traerá sin cuidado.

viernes, 27 de enero de 2012

Las aventuras de Juan Soto



Conocí a Juan Soto Ivars allá por el año 2010, en la ciudad de Madrid y en la calle Reinas número 3, una casa llamada "La Mansión de Drácula" por su evidente aspecto transilvánico, sede de las reuniones externas del equipo de colaboradores de la sección cultural de la revista Tiempo que dirige Luis Algorri. He querido empezar por este dato intrascendente para el lector, al mismo tiempo que transcribía fragmentos de otra presentación entre escritores, porque en verdad resulta pesadísimo, aunque también sea interesante, cuando las vacas sagradas de las letras se ganan un extra escribiendo en columnas y prólogos sus encuentros y desencuentros con esos otros grandísimos escritores y mejores personas y al final, claro, buenos amigos. Esas palabras, esos encuentros, esas presentaciones son, en demasiadas ocasiones, vulgares escenas pornográficas para adultos asexuados. Intentaré por todos los medios que lo que sigue a continuación no lo sea en absoluto. 

Juan Soto y yo nos conocemos, es cierto. No somos amigos (qué difícil es eso de hacer amigos y qué rápido se catalogan como tales quienes nunca lo serán), pero sí somos compañeros de oficio, colegas de vocación y adictos a la enfermedad, a la literatura y a las sustancias ilegales, aunque puede que sean la misma cosa. La noche que nos conocimos, como tantas otras noches, estuvimos recorriendo varios bares infectos de Madrid hasta acabar la juerga en casa de otro gran escritor y mejor persona de nombre Ignacio Merino. Allí, es obvio, seguimos bebiendo y haciendo cosas ilegales (llegamos a encender una hoguera con las páginas arrancadas de varios libros) mientras hablábamos de la pésima calidad literaria de todos cuantos no estábamos allí reunidos. Como en tantas otras profesiones, los elogios y las complacencias sólo se les concedieron a los escritores ya muertos: Bolaño, Bernhard, Joyce, Hamsun, me parece recordar que alguien hasta reivindicó a los escritores patrios y nombró a Galdós, como si ese señor necesitara ser reivindicado por un joven escritor borracho hasta las cejas y además inédito.

Una de aquellas noches, Juan y yo nos escabullimos del grupo antes de tiempo y nos metimos en un taxi que nos alejaba lentamente de Madrid. La noche era luminosa y gélida cuando llegamos a la casa de Juan porque de alguna manera tiene que ser la noche. Subimos a su piso, uno de los últimos apartamentos de un edificio altísimo que corona la calle Segovia. Recuerdo que Juan lo llamaba, no sin vanidad, "El faro". Nos sentamos cada uno en un sofá y encendimos sendos cigarrillos. Juan me leyó fragmentos de una novela que estaba a punto de terminar y yo hice lo propio con un cuento que estaba escribiendo o había terminado ya. Fumamos y bebimos sin prisa pero sin pausa. No recuerdo si esa noche teníamos alguna sustancia ilegal para consumir. Lo más seguro es que sí. ¿Por qué no? Hablamos de nuestros antiguos maestros, tantos y de tantas nacionalidades diferentes como para hacer varios equipos de fútbol y luego ponerlos a jugar un mundial. La noche se fue yendo sin que nos diéramos cuenta. A las 6 y media de la madrugada se apagaron las luces artificiales de la ciudad. Nos asomamos al balcón y entonces comprendí por qué llamaba así a su edificio. El cielo estaba aún oscuro pero la mayoría de las ventanas de "El faro" seguían encendidas. Un mar de oscuridad. Una luz en el horizonte. Y dos borrachos agitando la mano desde el balcón haciendo señales a nadie. Creo que fue en ese momento sublime y ridículo cuando llegamos a varias conclusiones originalísimas y fundamentales (o eso nos pareció entonces) sobre el carácter de la novela, conclusiones que, ahora, a la luz de la reciente publicación de la primera novela de este joven murciano de nombre Juan, La conjetura de Perelmán (Ediciones B), y de la aparición de una curiosa y recomendable antología llevada a cabo por el hidalgo Soto y su inseparable escudero Sergi Bellver, de nombre Mi madre es un pez (Libros del Silencio), pues es ahora, como digo, cuando me parece importante rescatar esas conclusiones.


Antes, una advertencia: El paso del tiempo, la enfermedad y el abuso de sustancias ilegales han podido modificar ligeramente el contenido de estas conclusiones. Pido disculpas a los lectores que no estuvieron presentes en aquel momento, y sobre todo pido disculpas a Juan Soto por correr el riesgo de poner en su boca palabras y/o afirmaciones que tal vez ya no comparta, o que incluso no haya compartido nunca. En cualquier caso, la verosimilitud es un valor a la baja y yo nunca os dije que fuera a decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Estas son las conclusiones.

La primera. Si la novela consigue hacerte comprender que el lenguaje es más sencillo o más complicado de lo que habías pensado, merece la pena.

La segunda. Si la novela rompe, altera, deforma, manipula, tergiversa, o directamente satiriza algún género literario, estilo narrativo o variación formal, merece la pena.

La tercera. Si la novela descubre comportamientos, obsesiones, miedos o esperanzas de los demás o incluso de ti mismo que todavía no habías percibido, merece la pena.

La cuarta. Si la novela te habla y juega contigo y te impulsa y luego te deja caer, te mima y luego te insulta, te besa y luego te zarandea y hasta te da un puñetazo en la cara, merece la pena.

La quinta. Si la novela eleva el sentido del humor a un pasatiempo de la inteligencia, merece la pena.

La sexta. Si la novela lucha, resiste, se tumba en el suelo y escarba para esconderse pero luego se levanta de ahí y se asoma al balcón y resiste la tentación de saltar por la ventana aunque cuando las luces vuelven a apagarse acepta su derrota y claudica pero no se rinde y resiste hasta la mañana siguiente y así una vez y otra vez y una más, merece la pena.

La séptima, y última. Si la novela reconoce que la vida es una catástrofe, merece la pena.

Hace varios meses que no veo a Juan Soto. De vez en cuando nos intercambiamos algún mail y de paso algún texto. Una vez él me envío un poema sobre la enfermedad. Otra, un dibujo sobre el caos. Yo le envíe mi primera novela y me prometió que la leería. No creo que lo haya hecho, y si lo ha hecho es probable que no le haya gustado. A mí tampoco me gusta ya. Esta noche he terminado de leer su primera novela, La conjetura de Perelmán, y todavía no sabría decir si me ha gustado o no. En varias ocasiones he creído comprobar que Juan tuvo presente a la hora de escribirla algunas de las conclusiones a las que llegamos juntos mientras evitábamos saltar al vacío. En otras no las veo por ninguna parte. No importa. Juan y yo ni siquiera somos amigos. Sus amigos son otros y con ellos ha formado un movimiento llamado Nuevo DRAMA. Pero el drama es dejarse de fiestas y de postulados románticos y de manifiestos vanguardistas o tradicionalistas y ponerse a escribir. El drama es tener que esperar a estar muerto para que tus colegas hablen bien de ti. El drama es que la literatura no sirve para nada y sin embargo es nuestra única esperanza. El drama es que no tengo más amigos porque no me apetece hacerme una cuenta en Facebook. El drama es que las sustancias ilegales tienen efectos secundarios y que esos efectos secundarios sólo desaparecen dejando de tomar sustancias ilegales y eso sería un verdadero drama porque entonces Juan Soto y yo no sabríamos qué hacer cuando nos volviéramos a ver. El drama, el único y verdadero drama, es seguir con esta vida de mierda y encima tener que sonreír. Pero eso es otra historia.

Para terminar, el mejor fragmento que he encontrado en la novela de Juan. A lo largo del libro hay palabras, situaciones y metáforas ingeniosas, bellas y acertadas aunque en algunos casos se vuelven excesivas. Pero este párrafo, sólo este párrafo, demuestra que estamos ante un gran escritor... y mejor persona, eso por descontado. 

Entretanto, el policía que decidió no detener a la pareja de borrachos seguirá haciendo su ronda. Pensará en la extraña mirada de murciélago de ese americano chiflado, en su brazo de roca. Por las noches llueve vodka sobre la ciudad. La alegría da mucho trabajo, pasa la noche dando vueltas, amonestando a gente, pidiendo documentación, apuntando en su libreta esto y aquello. A eso de las cinco el frío empieza a ser terrorífico y decide resguardarse. Cuando el alba lo conduzca a su piso, sentirá que se ha salvado de algo. Cerrará la puerta y no podrá reprimir un hondo suspiro. Salvado, ¿de qué? De una amenaza incomprensible. A salvo de los pasos y el olfato de una montaña con patas de araña. Esta criatura inverosímil lo perseguirá en sueños.

Y ahora, que empiece la aventura. ¿Merece la pena?

Posdata. Esta columna es pura ficción. Yo jamás he consumido sustancias ilegales, y Dios me libre de haber visto hacerlo a Juan Soto, a quien, por cierto, no conozco de nada.

Los mejores libros de 2011, una lista sin números

No voy a ponéroslo fácil, os lo advierto, no voy a hablar aquí de Arturo Pérez Reverte ni de Javier Marías ni de Juan Marsé, tan parecidos en algunas ocasiones aunque cada uno a su manera no tenga nada que ver con los otros dos, por supuesto, ni siquiera para formar parte de la misma frase, pero así es como aparecen a final de año. Porque es el momento de hacer una lista y juntar la carne con el pescado, el vino con la cerveza, y eso es lo que todo el mundo está haciendo en estas fechas, comer en abundancia y emborracharse sin pudor y hacer una lista, seleccionar, desechar y enumerar las películas más vistas, los discos más vendidos, las noticias más relevantes, los vídeos más votados, los libros más valorados por los críticos y qué duda cabe que lo más sencillo para todos sería hacer una lista, otra lista, poner varios títulos, dos o tres párrafos explicativos y terminar el artículo felicitando las fiestas a nuestros queridos lectores...
 
Pero yo no voy a hacer eso, no, quizá simplemente por llevar la contraria voy a diseminar la información a lo largo de un solo párrafo en el que no vais a encontrar ni un solo punto y aparte, os lo puedo asegurar, a no ser que los chicos de edición me desbaraten el texto y me rompan el discurso fluido que lentamente os está adormeciendo porque ninguno sabe de qué va en verdad todo este asunto, ¿me equivoco?, ¿no se trataba de una lista de los mejores libros del año según este engreído y autoproclamado joven escritor?, entonces ¿qué diablos está escribiendo este tipo?, ¿y cuántos años tiene para creerse tan joven?, ¡qué desfachatez!, diréis, sí, eso es lo deberíais decir y acto seguido cerrar esta ventana y abrir la columna de Gema Lendoiro que siempre nos hace reír, ¿verdad?, porque leer y pasar el rato y reírse de la vida van de la mano y la lectura no puede ser un obstáculo para la comprensión, ¿no es eso?, ¿o no se trata más que de una broma?...

... Porque si es una broma, una broma debe ser, debería ser, un mecanismo lubricante para penetrar en la hostilidad, pero eso no lo digo yo, eso lo escribió Juan Soto Ivars en una novela impecable llamada Siberia que inexplicablemente no ha encontrado editor mientras que sí lo ha hecho la menos arriesgada y neurótica novela titulada La conjetura de Perelmán que ha publicado Ediciones B convirtiendo el libro en el punto de partida de un movimiento literario denominado Nuevo Drama y que nadie sabe muy bien qué significa pero tampoco importa demasiado mientras sus adalides sigan escribiendo y salgan bien en las fotos, todo lo contrario que le ocurre a Alberto Olmos, desfachado y destruido no sólo física sino literariamente después de crear un personaje insoportable como Santiago en su novela Ejército enemigo que Mondadori ha tenido a bien publicar arrebatándole la prestigiosa firma a Lengua de trapo que se ha destacado este año con la publicación de Alma...

... Maravillosamente escrita por Javier Moreno, una novela que entronca con el primer y mejor Olmos y con Edouard Levé aunque decae cuando la historia o el lenguaje rebajan la comparación al nivel de José Ángel Mañas, autor en vías de extinción aunque la misma editorial publicó su último libro hace unos años, pero en fin, no quiero irme por las ramas y dejarme fuera del folio la nueva traducción de Justo Navarro de la magnífica obra de Francis Scott Fitzgerald en la que inmortaliza a ese gran tipo, Jay Gatsby, y que nos ha traído de vuelta Anagrama así como Nórdica se ha empeñado en no hacernos olvidar a Flann O´Brien aunque sea un escritor arduo y minoritario, todo lo contrario que Andrés Neuman cuyas píldoras narrativas, a veces satíricas, a ratos desternillantes, vuelven a agruparse en un ligero volumen editado por Páginas de espuma, un libro elegante y alentador como Los zorros vienen de noche de Cees Noteboom en Siruela, aunque este neerlandés, quizá por la cercanía de la muerte, se ha vuelto más refulgente pero menos brillante...

... Todo lo contrario que la trayectoria en escalada que parece seguir Patricio Pron y que de momento ha culminado en esa maravilla que es el Espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia y que hasta ha producido una especie de engendro metaliteraturesco como la obra ganadora del Premio Jaén, esa escuela de talentos, que se llama Canción de tumba y que ha escrito y reescrito el mexicano Julián Herbert, lo cual me trae a la memoria que hace cosa de dos meses se nos moría ese gigante mexicano, gigante y mexicano en todos los sentidos, llamado Daniel Sada, dejándonos como rocambolesco y paradojal legado la novelita A la vista, mientras que el legado del difunto Félix Romeo ha sido la magnífica traducción del interesantísimo libro de Daria Galateria sobre los otros oficios de escritores como Georges Perec, Jack London o Charles Bukowsky, entre otros, cuyas experiencias y trayectorias ha recogido Impedimenta en un volumen hermosísimo aunque decir esto empiece a ser una perogrullada...

... Como lo es recordar la relevancia de los clásicos rusos por no sé qué conmemoración de fraternidades hispano-eslavas que bien es cierto que nos ha traído nuevos libros y mejores traducciones como la diminuta edición de El Aleph titulada Tres tormentas de nieve o la majestuosa edición Un siglo de cuentos rusos de Alba editorial, aunque para desmesura la de Mondadori al publicar la obra póstuma de David Foster Wallace, El rey pálido, inconmensurable y enfermiza locura, novela tediosa y divertida al mismo tiempo pero sobre todo excelentemente escrita (y traducida por Javier Calvo), obra inacabada e inacabable del genial suicida norteamericano, amigo íntimo de Jonathan Franzen que ha querido superar la muerte y el legado de su compañero en la inestimable y descentrada Libertad, aunque, sin lugar a dudas, sin lugar a dudas dentro de mi cabeza y de mi perturbado criterio y mi salvedad emocional, la mejor noticia del año 2011...

... Es la recuperación por parte de Libros del Asteroide, como ya hizo con otras obras del sevillano, de las "nueve novelas alucinantes" que componen A sangre y fuego y que escribió Manuel Chaves Nogales sobre la Guerra civil española y que son terribles y están vivas y no son complacientes ni partidistas ni muestran falsa afectación o gusto por la autocompasión ni mucho menos deseo de revancha, simplemente evidencian la locura y el desfase y la crueldad de la que fuimos capaces todos los españoles, hombres y mujeres, feroces todos, destructivos, bárbaros, víctimas y verdugos de la maldad y de la inquina, ejemplo rutilante y desolador de la cruelísima humanidad, grandiosidad literaria en nombre de los peores instintos, para remediar lo cual no estaría de más acercarse a otro libro de resonancias temporales, Entre héroes y bestias, los españoles que plantaron cara al Holocausto del periodista Diego Carcedo, donde unos desdichados ejercen la bondad y la compasión y nos transmiten la firmeza de la esperanza en mitad de la barbarie aunque, qué le vamos a hacer...

... La prosa de este periodista no alcanza, cómo lograrlo, la grandeza de la escrita por Chaves Nogales, quizá el mejor escritor español del siglo XX, o por lo menos el escritor español más importante para este joven y desquiciado escritor y también para muchos otros escritores como Andrés Trapiello o el propio Javier Marías, y por qué no también el mejor escritor para vosotros, queridos lectores, que ya va siendo hora de que os levantéis de la silla y salgáis a la calle a luchar por la libertad o por lo que sea en que hayáis creído para levantaros de la cama y enfrentaros una vez más a la realidad y a la despedida y a la entrada del nuevo año porque ahora que el artículo llega a su fin, ¿lo notáis?, todo se vuelve más llevadero y más dulce y más feliz, ¿no es así?, la lectura, la locura, la presura, y feliz año nuevo y qué bien está lo que bien acaba y salud...
 

El maestro y Patricio

Desde hace varios días intento recordar quién pronunció la siguiente frase, aforismo o incluso sentencia judicial: "Al elegir a sus maestros, el escritor está dando la medida de su talla". Estoy convencido de que puedo recordar al hombre, porque sin duda fue un hombre, que está detrás de esta afirmación. He renunciado a escribirla en Internet y que Google me lleve a una página donde pueda descubrirlo, quizá porque en realidad no me fío de la información que hay en Internet (ni siquiera de la que vuelco yo mismo), quizá porque mantener activa la memoria y la asociación de ideas es el último reducto de creatividad al que podemos aferrarnos los escritores.

La frase en cuestión, no me cabe duda, podría haberla escrito Thomas Bernhard en su maravilloso libro Maestros antiguos; pero me temo que no fue él. Por la ingeniosidad y la puntería de su postulado también cabría la posibilidad de que fuera el propio Cervantes quien la hubiera puesto en boca de Sancho o del Licenciado Vidriera. Sin embargo es demasiado sencilla para cualquiera de los tres. En un momento de desilusión y zozobra, me armé de valor y fui a un "evento literario" donde creí dar con la solución: Fue Ray Loriga hablando de Enrique Vila-Matas hablando de Robert Walser durante la presentación del último libro escrito por Ray Loriga y elogiado por Enrique Vila-Matas bajo el auspicio del fantasma de Robert Walser. Desde luego, esto podría ser del todo cierto, pero la verdad siempre es más prosaica. La frase, "al elegir a sus maestros, el escritor está dando la medida de su talla", esta máxima perentoria y costurera surgió de lo más profundo de mi mente nada más terminar de leer la última novela del joven argentino Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia.

Patricio Pron, reconocido discípulo (signifique lo que signifique eso hoy en día) del maestro Roberto Bolaño, amén de otros genios, es un autor genuino, con personalidad, dotado para la ficción, la autoficción, la intertextualidad y algún que otro recurso postmoderno más con los que comulga a regañadientes (tal vez porque sabe que la mayoría no son innovaciones sino meras repeticiones formales); pero sobre todo es un escritor verdadero. O lo que es lo mismo: un hombre que desde su lugar en el mundo pelea por sacar adelante una literatura que se enfrente a los mejores, un lenguaje que rinda homenaje a la sintaxis, una emotividad que haga sacar los colores sin dejar lugar al patetismo, una escritura, en definitiva, comprometida consigo misma y con el rescate de la verdad, su máxima expresión, su única meta, su epifanía y su catarsis. Porque Pron, aplicado y voluntarioso, urde sus tramas con precisión de relojero y elige con sobrada intencionalidad sus historias aunque al final lo deje todo en nuestras manos. Después de hacernos unas cuantas revelaciones, después de investigar lo asombroso que oculta lo cotidiano, después de barruntar diversas equivocaciones históricas, Pron nos coge de la mano y antes de llegar al final del túnel nos la suelta y desaparece. O mejor, siguiendo su juego de metáforas, nos deja dentro de un bosque con la esperanza de (y el miedo a) salir.

Los tres libros que ha publicado Pron en Mondadori son (siempre desde mi perturbado punto de vista) tres joyas, tres obras de arte, tres monumentos, pequeños pero sólidos, en honor a la escritura. No son la piedra de Rosseta (a estas alturas de la historia de la literatura qué podemos esperar), pero son tres obras importantes. Y lo son, en parte, por lo que tienen de únicas y por lo que las entronca con otras tres obras (o más) de su querido maestro, el chileno Bolaño. Así, por ejemplo, El comienzo de la primavera se plantea como una búsqueda literaria y vital en la estela de la emprendida por los poetas realvisceralistas de Los detectives salvajes. Cualquiera de los cuentos agrupados en El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan podría pertenecer sin desmerecerlo a Putas asesinas. Y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia tiene ecos de Estrella distante e incluso de Nocturno de Chile. Estas correspondencias, que tantos otros pueden considerar deudas o defectos, son, a mi juicio (recuerda esto: estoy perturbado) maravillosas analogías del funcionamiento de la narrativa, de la escritura y hasta del primigenio desarrollo de la vida: sólo podemos aprender algo mirando cómo lo hacen los demás. Y eso no es un aforismo inteligente o una cita célebre; es, sencillamente, la verdad.



Por desgracia, como bien sabía Bernhard, "por muchos que sean los grandes ingenios y los Maestros Antiguos que hayamos tomado por compañeros, no sustituyen a nadie; al final nos dejan solos". Bolaño, en vida, no quiso ser maestro de nadie pero tras su muerte se convirtió en el maestro de todos nosotros. No dejemos que Patricio Pron se escabulla sin habernos mostrado antes los límites del bosque, y si no puede acompañarnos hasta llegar a cielo abierto no le pidamos cuentas ni le tengamos rencor porque en sus libros hallaremos varias salidas luminosas frente a la encrucijada inextricable que es hacer de la literatura una obra de arte, un enigma y una incitación.

Un ejemplo. En uno de sus mejores cuentos Pron escribe:

Si pudiera rescataría a todos los escritores desesperados, me quedaría de pie con los brazos abiertos en el campo de centeno y los atajaría para que nunca sintieran dolor ni desesperación.

Una promesa. Hace unas semanas, Pron escribió lo siguiente en la revista LetrasLibres refiriéndose a la literatura que han de parir los nuevos escritores en el siglo XXI:

Estoy seguro de que seréis vosotros los que produciréis esa literatura (comprometida, arriesgada, pura) y un día tendréis que marchar a la guerra por ella. Ese día yo iré a la guerra con vosotros, os lo prometo.

Una esperanza. Si es eso cierto, querido Patricio, toma mi mano y vamos juntos a la batalla porque la guerra ya ha comenzado.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando Beigbeder encontró a Houellebecq

Lejos quedaron los tiempos en que la literatura era una poderosa herramienta de subversión y contracultura, cuando Joyce era considerado un autor obsceno, Henry Miller un escritor pornográfico, y Allen Ginsberg o Charles Bukowski eran tratados directamente como enfermos mentales. En Francia, sin embargo, las cosas solían ser diferentes, y novelistas como Céline, Boris Vian y hasta Marguerite Duras destrozaban sin miramientos las convenciones sociales. No en vano, la mayoría de las novelas censuradas en otros países se publicaba sin alarmismos en París. Y entonces llegó él.

Heredero del escándalo, la provocación y el exabrupto, Michel Houellebecq (1958) aterrizó en el mundo literario para decir lo que todos sabían pero nadie se atrevía a nombrar: que la sociedad está podrida por culpa del dinero y el sexo. Eran los años 90 del siglo pasado, el mundo se había desmoronado y se había repuesto y Occidente trataba de hacer borrón y cuenta nueva. Lo fácil entonces era seguir la corriente, asumir el discurso unitario y no enseñarle la lengua al rey. Houellebecq, en cambio, optó por desnudarse en el salón del trono e insinuarse delante de la reina.

Fue algo realmente divertido, hasta podría decirse que fue conmovedor. Con sólo dos novelas, Las partículas elementales y Plataforma, este escritor francés puso en pie de guerra a toda la sociedad bienpensante. Asociaciones feministas, ecologistas, grupos islamistas y activistas new age, entre otros colectivos, dieron la voz de alarma. Surgieron fanáticos y acérrimos detractores. Hubo juicios, amenazas públicas y cruces de declaraciones en la prensa. Y entonces apareció el discípulo: Frédéric Beigbeder (1965) y su libro 13,99 euros, que descuartizaba hasta lo ridículo el mundo de la publicidad como lo había hecho anteriormente Houellebecq con el legado de la generación hippy y el turismo sexual. Por supuesto, el maestro y el discípulo se hicieron amigos. 

Coronas de laureles
Casi una década después de aquello, la editorial Anagrama publica las dos últimas provocaciones de los franceses más traviesos del panorama literario actual. Pero algo ha debido de pasar desde entonces porque los dos, maestro y aprendiz, han cambiado. Como ha cambiado la percepción y la aceptación de su obra. Sin ir más lejos, las dos novelas han sido reconocidas por sendos premios. El libro de Houellebecq, El mapa y el territorio, ha sido galardonado con el Premio Goncourt, el más prestigioso del país galo. Y el libro de Beigbeder, Una novela francesa, ha conseguido alzarse con el Premio Renaudot. Por lo pronto, ambos escritores han dejado de dar tanto miedo. Y es que, antes o después, las coronas de laureles terminan por apaciguar el rugido de las fieras.

En el caso de Houellebecq, es curioso comprobar cómo, a pesar del galardón obtenido por su novela El mapa y el territorio, han sido muchas las voces que han proclamado lo que antes no solía escucharse: que Houellebecq es un escritor menor. Es curioso porque precisamente con esta novela el francés ha intentado acercarse a la excelencia dirigiendo sus ambiciones sociológicas hacia parámetros literarios más convencionales. Los personajes, la trama y la hondura psicológica de muchas reflexiones transmiten una imagen diferente de su creador. Houellebecq sigue siendo corrosivo, cáustico, incisivo y perturbador por vocación. Sigue deseando el fin de la humanidad mientras glorifica el sexo oral sin condón. En sus páginas cuestiona la naturaleza del arte, ataca a otros escritores y contraviene la moralidad. Y hasta se permite el lujo de disfrazarse de personaje y saldar cuentas consigo mismo. Pero hay algo que no funciona, una falla, un deceso, algo. Quizá, no lo sé, Houellebecq se haya hartado de sí mismo.

Amigos para siempre
En cambio, el libro de Beigbeder, Una novela francesa, es orgulloso, proteico, a ratos vergonzante. Y lo es desde el motivo mismo de su gestación. Beigbeder fue arrestado en París por consumir cocaína en plena calle. El francés, personaje popular en Francia por sus apariciones en televisión, esgrimió delante de los agentes su derecho a delinquir por ser famoso. No le sirvió de nada y pasó las siguientes 48 horas en una celda de la capital francesa. Apabullado por la inclemencia de los guardias (que tardaban más 15 minutos en llevarle un vaso de agua) y la inmundicia de la estancia (hacía demasiado frío), Beigbeder se lanza a perorar contra la justicia y sus esbirros, al tiempo que se pone tierno para recordar la historia de su familia y reconstruir su infancia en los apacibles campos de Neuilly-sur-Seine. A los pocos días de haber concluido esta corta temporada en el infierno, Charles Beigbeder, hermano del novelista y empresario notable, recibió la Legión de Honor de manos del presidente Sarkozy. De esa cruda comparación fraterna nació el impulso definitivo del libro. La anécdota en sí, de eso no cabe duda, merecía ser contada. Pero ¿era necesario concerla al detalle?

Publicidad gratuita o autobombo mediático, ya el propio Houellebecq nos cuenta lo sucedido en el prólogo al libro de Beigbeder. Y añade, solícito: "La mayor cualidad de este libro es, sin ninguna duda, su honestidad. Y cuando un libro es tan honesto, puede dar lugar, casi inadvertidamente, a verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana". Houellebecq y Beigbeder. Beigbeder y Houellebecq. ¿Hemos mencionado ya que en las páginas del último libro de Houellebecq, donde aparece un escritor llamado Houellebecq, el narrador también nombra a otro gran amigo y escritor francés, de nombre Frédéric? Premios y polémicas aparte, el verdadero descubrimiento que asoma detrás de estos dos libros es que la literatura francesa del siglo XXI no sólo sirve para cabrear a los beatos y hacerse rico y famoso; también sirve para hacer un favor a tus amigos. Entre la obscenidad y el pudor, la gloria. Vive la France.

sábado, 29 de octubre de 2011

Así habló Isaac Rosa

 
El tiempo se nos viene encima. Al principio de manera lenta, inapreciable, hasta que un buen día te miras al espejo y compruebas que se ha derramado sobre ti, sobre tu acomodada vida, sobre la solera de tus costumbres, sobre las raíces de tu pelo, sobre el brillo de tus pupilas. Una noche de octubre te acuestas celebrando la concesión del Premio Nobel a un sueco lírico y rejuvenecido, Tomas Tranströmer, y a la mañana siguiente te levantas lamentando la muerte de un escritor lúcido y avejentado, Félix Romeo. A expensas del tiempo, entre la algarabía y la desazón, una única certeza: la supervivencia de la literatura.

El tiempo se nos viene encima y vivimos momentos difíciles. Al principio resulta difícil darse cuenta porque eres joven y tienes muchos sueños y el mundo es un lugar maravilloso por el que vale la pena luchar. Así que no le das importancia y empleas ese tiempo en hacer cualquier cosa, salir a tomar una cerveza, pasar el día en la montaña, ver una película iraní, pasar una tarde de otoño en Las Ventas. Ese tipo de cosas. Hasta que un buen (o mal) día empiezas a trabajar. Ocho horas al día, cinco días a la semana, 48 semanas al año. Algunos, afortunados ellos, trabajan todavía más. Otros, entristecidos, llevan meses sin trabajar. Hasta que un buen (o mal) día, después de una larga jornada de trabajo en la oficina o al aire libre dando de comer a las palomas, descubres que el mundo es una pesadilla, que tú ya no eres tan joven y que los sueños, ay, amigo mío, los sueños, sueños son.

El insomne escritor Isaac Rosa (Sevilla, 1974) ha construido una trama pesadillesca sobre la realidad más prosaica, el trabajo, erigiendo con ello un libro impecable desde el punto de vista literario, e implacable desde el punto de vista sociolaboral. Su título, iluminador, simbólico y crítico, es La mano invisible. En ella, el autor sevillano desmenuza las vidas de una docena de trabajadores que han sido contratados por una empresa de límites difusos para desarrollar el ejercicio de su profesión dentro una nave industrial acondicionada para la asistencia de público. Entre los trabajadores hay un albañil, un carnicero, una teleoperadora, un mecánico, una secretaria, una costurera y varios trabajadores más que aceptan por contrato ser observados durante la realización diaria de sus tareas. Ya sea un experimento con fines científicos, un vulgar circo sociológico o una propuesta artística, lo único que saben ellos es que están allí para trabajar. Así que trabajan. Al principio con dedicación absoluta, con profesionalidad, algunos hasta con emoción. Poco a poco, sin embargo, la cargante rutina obliga a muchos de ellos a cuestionar su función en la empresa y el valor de su trabajo, lo que conlleva asimismo el análisis de sus propias vidas y, por extensión, la denuncia del modo de producción en el sistema capitalista.

La capacidad de Rosa para poner en tela de juicio conceptos y verdades aceptadas por todos es indiscutible. Lo hizo con los clichés, los maniqueísmos y los malentendidos que pueblan la literatura española sobre la Guerra Civil, el Franquismo y la Transición en la imprescindible novela titulada El vano ayer. Lo volvió a hacer con El país del miedo, donde dejó en evidencia los mecanismos que barajan los gobiernos para mantener el control social por medio del pánico, la manipulación o el engaño masivo. Y ahora, con esta corrosiva novela sobre las fatigas y las desigualdades del mundo laboral, Rosa confirma su compromiso con la realidad de su tiempo y con los problemas que generan una creciente deshumanización de la sociedad, sin renunciar en ningún momento a la excelencia literaria.

El espacio enorme que no lograban llenar, las paredes desconchadas, el techo de uralita altísimo, el suelo de cemento basto, los reflectores insoportables, la grada con espectadores, y en el centro ellos, aislados, desprotegidos, a solas con sus faenas, desnudos en su condición de trabajadores, convertidos en una metáfora que ninguno era capaz de nombrar, tal vez ni siquiera de reconocer, esto es el trabajo, estos son trabajadores, esto es trabajar, si alguno de entre el público pensaba otra cosa, desengáñese, pierda la inocencia, mírenlo, de eso se trata, doce personas que entregan tiempo, esfuerzo, atención, conocimientos, cansancio, salud, y no saben por qué lo hacen, no saben por qué no pueden evitar hacerlo, y tampoco saben para qué, cuál es el resultado, lo hacen por dinero, sí, por necesidad, sí, porque están en paro, porque tienen que pagar hipotecas y alquileres, porque tienen que comer, pero eso no es todo, hay mucho más.

 

Es cierto: hay mucho más. En la entrevista que me concedió el autor de este párrafo ilustre y definitorio para la revista TIEMPO, podemos encontrar algunas razones más para entender su concepto de la novela, del trabajo, de la literatura, del escritor y de los difíciles momentos que nos ha tocado vivir.
 
Así habló Isaac Rosa de la novela: "En la novela vemos el trabajo desnudo del todo, para que a partir de ahí el lector se empiece a cuestionar por qué trabajamos así, por qué aguantamos esta forma de trabajo si nos cansa y nos enferma y nos irrita y nos condiciona la vida."

Así habló Isaac Rosa del trabajo: "Aceptamos que en la vida hay que trabajar y que debemos dedicar nuestros mejores años al trabajo, tantas horas a la semana, a cambio de alguna recompensa, y yo creo que, sobre todo en un momento como éste, deberíamos replantearnos ese modelo y esta situación."
 
Así habló Isaac Rosa de la literatura: "La literatura española ha sufrido, como el resto de la sociedad española, eso que llamamos Transición, cuando se construyó la democracia que tenemos ahora y se confinó a la literatura y a la cultura en general al lugar que ocupa hoy: un lugar irrelevante en términos políticos y sociales."

Así habló Isaac Rosa del papel del escritor en la sociedad: "El escritor no podrá encerrarse en su obra, no podrá seguir escribiendo, como se escribe tanto ahora, novelas protagonizadas por escritores que hablan de su propia escritura, viviendo de espaldas a todo lo que está pasando. Lo que ocurre es que precisamente por esa posición bastante irrelevante en que se ha dejado a la literatura, el propio escritor desconfía de sus posibilidades. Yo creo lo contrario."

Así habló Isaac Rosa de los difíciles momentos que nos ha tocado vivir: "Están aterrorizándonos a diario. Uno se levanta cada mañana y comprueba que la situación es terrible, mañana puede caer Grecia y a la semana siguiente los bancos, el euro, toda Europa. Existe la intención de mantenernos asustados, precisamente para que no nos planteemos nada, aunque este es justo el momento en el que deberíamos hacerlo. Pero en lugar de hacernos preguntas, lo único que nos preocupa es tener un trabajo como sea."

El tiempo se nos viene encima y vivimos momentos difíciles. Las circunstancias de cada uno, los premios y las derrotas, ¿qué importan? Estamos cada vez más viejos pero estamos aquí y por eso tenemos una responsabilidad con nosotros mismos, con los que murieron y sobre todo con los que siguen vivos. Lo mejor para seguir creyendo en los sueños es mantenerse despierto. Si los trabajadores y las trabajadoras de este país leyeran el libro de Isaac Rosa, no pasaría absolutamente nada. La literatura por sí sola no puede cambiar el mundo; los lectores, las personas, sí.

Así habló Isaac Rosa. ¿Qué piensas hacer tú ahora?