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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando Beigbeder encontró a Houellebecq

Lejos quedaron los tiempos en que la literatura era una poderosa herramienta de subversión y contracultura, cuando Joyce era considerado un autor obsceno, Henry Miller un escritor pornográfico, y Allen Ginsberg o Charles Bukowski eran tratados directamente como enfermos mentales. En Francia, sin embargo, las cosas solían ser diferentes, y novelistas como Céline, Boris Vian y hasta Marguerite Duras destrozaban sin miramientos las convenciones sociales. No en vano, la mayoría de las novelas censuradas en otros países se publicaba sin alarmismos en París. Y entonces llegó él.

Heredero del escándalo, la provocación y el exabrupto, Michel Houellebecq (1958) aterrizó en el mundo literario para decir lo que todos sabían pero nadie se atrevía a nombrar: que la sociedad está podrida por culpa del dinero y el sexo. Eran los años 90 del siglo pasado, el mundo se había desmoronado y se había repuesto y Occidente trataba de hacer borrón y cuenta nueva. Lo fácil entonces era seguir la corriente, asumir el discurso unitario y no enseñarle la lengua al rey. Houellebecq, en cambio, optó por desnudarse en el salón del trono e insinuarse delante de la reina.

Fue algo realmente divertido, hasta podría decirse que fue conmovedor. Con sólo dos novelas, Las partículas elementales y Plataforma, este escritor francés puso en pie de guerra a toda la sociedad bienpensante. Asociaciones feministas, ecologistas, grupos islamistas y activistas new age, entre otros colectivos, dieron la voz de alarma. Surgieron fanáticos y acérrimos detractores. Hubo juicios, amenazas públicas y cruces de declaraciones en la prensa. Y entonces apareció el discípulo: Frédéric Beigbeder (1965) y su libro 13,99 euros, que descuartizaba hasta lo ridículo el mundo de la publicidad como lo había hecho anteriormente Houellebecq con el legado de la generación hippy y el turismo sexual. Por supuesto, el maestro y el discípulo se hicieron amigos. 

Coronas de laureles
Casi una década después de aquello, la editorial Anagrama publica las dos últimas provocaciones de los franceses más traviesos del panorama literario actual. Pero algo ha debido de pasar desde entonces porque los dos, maestro y aprendiz, han cambiado. Como ha cambiado la percepción y la aceptación de su obra. Sin ir más lejos, las dos novelas han sido reconocidas por sendos premios. El libro de Houellebecq, El mapa y el territorio, ha sido galardonado con el Premio Goncourt, el más prestigioso del país galo. Y el libro de Beigbeder, Una novela francesa, ha conseguido alzarse con el Premio Renaudot. Por lo pronto, ambos escritores han dejado de dar tanto miedo. Y es que, antes o después, las coronas de laureles terminan por apaciguar el rugido de las fieras.

En el caso de Houellebecq, es curioso comprobar cómo, a pesar del galardón obtenido por su novela El mapa y el territorio, han sido muchas las voces que han proclamado lo que antes no solía escucharse: que Houellebecq es un escritor menor. Es curioso porque precisamente con esta novela el francés ha intentado acercarse a la excelencia dirigiendo sus ambiciones sociológicas hacia parámetros literarios más convencionales. Los personajes, la trama y la hondura psicológica de muchas reflexiones transmiten una imagen diferente de su creador. Houellebecq sigue siendo corrosivo, cáustico, incisivo y perturbador por vocación. Sigue deseando el fin de la humanidad mientras glorifica el sexo oral sin condón. En sus páginas cuestiona la naturaleza del arte, ataca a otros escritores y contraviene la moralidad. Y hasta se permite el lujo de disfrazarse de personaje y saldar cuentas consigo mismo. Pero hay algo que no funciona, una falla, un deceso, algo. Quizá, no lo sé, Houellebecq se haya hartado de sí mismo.

Amigos para siempre
En cambio, el libro de Beigbeder, Una novela francesa, es orgulloso, proteico, a ratos vergonzante. Y lo es desde el motivo mismo de su gestación. Beigbeder fue arrestado en París por consumir cocaína en plena calle. El francés, personaje popular en Francia por sus apariciones en televisión, esgrimió delante de los agentes su derecho a delinquir por ser famoso. No le sirvió de nada y pasó las siguientes 48 horas en una celda de la capital francesa. Apabullado por la inclemencia de los guardias (que tardaban más 15 minutos en llevarle un vaso de agua) y la inmundicia de la estancia (hacía demasiado frío), Beigbeder se lanza a perorar contra la justicia y sus esbirros, al tiempo que se pone tierno para recordar la historia de su familia y reconstruir su infancia en los apacibles campos de Neuilly-sur-Seine. A los pocos días de haber concluido esta corta temporada en el infierno, Charles Beigbeder, hermano del novelista y empresario notable, recibió la Legión de Honor de manos del presidente Sarkozy. De esa cruda comparación fraterna nació el impulso definitivo del libro. La anécdota en sí, de eso no cabe duda, merecía ser contada. Pero ¿era necesario concerla al detalle?

Publicidad gratuita o autobombo mediático, ya el propio Houellebecq nos cuenta lo sucedido en el prólogo al libro de Beigbeder. Y añade, solícito: "La mayor cualidad de este libro es, sin ninguna duda, su honestidad. Y cuando un libro es tan honesto, puede dar lugar, casi inadvertidamente, a verdaderos descubrimientos sobre la naturaleza humana". Houellebecq y Beigbeder. Beigbeder y Houellebecq. ¿Hemos mencionado ya que en las páginas del último libro de Houellebecq, donde aparece un escritor llamado Houellebecq, el narrador también nombra a otro gran amigo y escritor francés, de nombre Frédéric? Premios y polémicas aparte, el verdadero descubrimiento que asoma detrás de estos dos libros es que la literatura francesa del siglo XXI no sólo sirve para cabrear a los beatos y hacerse rico y famoso; también sirve para hacer un favor a tus amigos. Entre la obscenidad y el pudor, la gloria. Vive la France.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Cinco horas con Houellebecq

Cinco horas con Houellebecq


Lo reconozco: Houellebecq me pone cachondo. Desde luego, una afirmación así sólo es defendible en el caso de un escritor sicalíptico como es él. Por razones que no vienen al caso, es cierto, cada vez siento menos deseo hacia su literatura. ¿Será porque está envejeciendo? Puede ser. ¿Será porque yo estoy envejeciendo? Sí, lo más probable es que sea así. Me lo dijo (y lo repitió hasta la saciedad) un buen amigo a propósito de la vida que viene y que va. Dijo: Estamos mayores. Pero entonces yo no lo creí. ¿Y ahora? ¿Lo creo ahora?

Michel Houellebecq (1958) es un escritor que no deja indiferente. Al enfrentarse a él sólo quedan dos opciones: odiarlo con todas tus fuerzas; o amarlo incondicionalmente. Por supuesto, él mismo es consciente de ello y hace serios esfuerzos para que siga siendo así. ¿Por qué sino se presta a editar una recopilación de sus artículos publicados en los últimos 20 años donde demuestra su carácter polémico y perturbado(r)? Una posible respuesta: Porque este libro es, al mismo tiempo, una detallada explicación de su cosmovisión y clara muestra de su pensamiento. Otra: Porque la procacidad de su narrativa necesita una base teórica. Una más: Porque quiere seducirnos, conmovernos, convencernos, para luego destruirnos. 

Me gustaría anunciar buenas nuevas, pronunciar palabras de consuelo; pero no puedo hacerlo. Sólo puedo observar cómo se abre el abismo entre nuestros pasos y nuestras actitudes.

Es una fatalidad, pero es incuestionable: Leer a Houellebecq te hace peor persona. Sus posiciones son enérgicas, bien fundadas y necesarias, pero son catastróficas. El mundo, su mundo, es una pocilga. Más que un provocador, que actúa como una bomba y sólo pretende sembrar el caos, Houellebecq es un arma química: sus efectos se adhieren a la piel y perduran en el cerebro durante años. Hasta que caemos rendidos a la evidencia.

La literatura puede con todo, se adapta a todo, escarba en la basura, lame las heridas de la infelicidad.
No temáis a la felicidad: No existe.


La infelicidad como motor de la escritura. La infelicidad como origen y causa del sentir contemporáneo. La infelicidad como único sustento alimenticio. Y la literatura como bálsamo o antídoto. Defender esta postura es incómodo. Houellebecq, desde sus orígenes, antes de convertirse en novelista, se propuso decir lo que nadie quería escuchar. Lo hizo en sus ensayos y en sus poesías (no en vano, uno de sus libros se llama precisamente La búsqueda de la felicidad), y después lo repitió en sus novelas. Por lo menos, entonces, nunca nos ha mentido.

Mi obra se construye sobre la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal. Ante eso tomé la decisión de describir este estado de cosas y, quizá, de superarlo.

Es cierto. No hay que ser tan dramático, Michel. En algún lugar existe la posibilidad de superar el sufrimiento, el fracaso, el dolor. Existen la esperanza, las buenas acciones, el horizonte luminoso. Existe La posibilidad de una isla. Existen la redención y el éxtasis. Existe el amor. Plataforma, sin ir más lejos, y entre otras muchas cosas, es una intensa, dolorosa y magnífica historia de amor.

Que quede claro: la vida, tal cual, no es mala. Hemos realizado algunos de nuestros sueños. Podemos volar, podemos respirar bajo el agua, hemos inventado aparatos electrodomésticos y el ordenador. El problema empieza con el cuerpo humano.

Tal vez hayamos exagerado un poco. Leer a Houellebecq es una experiencia múltiple, a veces agradable y muy divertida, otras, por supuesto, funesta. Pero siempre inteligente. Houellebecq es un pensador lúcido, un intelectual concienzudo y postmoderno, un hombre consecuente que piensa lo que piensa, lo somete a juicio, lo analiza y lo compara con las opiniones de otros pensadores (sobre todo con Nietzsche y Schopenhauer) y, finalmente, emite un veredicto de raigambre psicológica, sociológica e histórica. 

Mientras insistamos en una visión mecanicista e individualista del mundo, seguiremos muriendo. No me parece sensato empeñarse durante más tiempo en el sufrimiento y en el mal. Hace cinco siglos que la idea del yo domina el mundo; ya es hora de tomar otro camino.

¿Y en cuanto a la narrativa? ¿Es Houellebecq un buen escritor? Una buena amiga está empeñada en que no lo es. A mí, desde luego, me lo parece. Como narrador, es cierto, a veces se comporta como un tramposo; a menudo, como un mago; siempre como un boxeador. Su literatura se construye sobre planos superpuestos, entre lo cotidiano y lo grotesco, sobre imágenes fatídicas y deslumbrantes, sobre emociones presentes y miedos futuros. Sus personajes nos atraen y nos repulsan. Sus destinos nos sobrecogen. Sus ansias y sus deseos nos subyugan, nos excitan y al final nos deprimen. Nos obligan a pensar en ellos y en nosotros mismos. Nos obligan a cuestionar todo lo que nos rodea. ¿Qué más se puede pedir a un buen escritor?

Cuando cae la luz del día, cuando los objetos pierden sus colores y sus contornos y se funden lentamente en un gris que poco a poco se vuelve más oscuro, el hombre se siente solo en el mundo. Esto es verdad desde sus primeros días sobre la tierra, desde antes de que fuera hombre; es mucho más antiguo que el lenguaje.

Pero nunca, nunca, hay que superar esa fina barrera que separa al escritor de su escritura, a la persona de su personaje. Hace unos años Houellebecq visitó Madrid para dar una conferencia. Estuve casi una hora haciendo cola para entrar. Le vi. Menudo, encorvado, impertérrito. Empezó a hablar de sus influencias literarias. Estuvo varios minutos intentando recordar si los libros de una colección antigua que leyó siendo niño eran verdes o amarillos, si pertenecían a su tío o a su abuelo, si estaban en una estantería o en encima de una cómoda. Me marché mucho antes de que terminara la charla.

Nos hemos divertido mucho, pero la fiesta ha terminado. La literatura, en cambio, continúa. Atraviesa períodos huecos, pero después resurge.

Me hubiera bastado que hubiera dicho algo así. Pero no lo dijo. ¿Por qué? Porque un escritor necesita de la escritura. Porque un escritor se explica y se comprende y se manifiesta durante el acto de escribir. Porque un escritor es todo lo que sea capaz de decir en un libro, durante esas cinco horas que pasemos con él, y eso es más que suficiente. En cuestión de semanas Anagrama publicará la última novela del francés, El mapa y el territorio. Eso es lo verdaderamente importante. ¿Y lo demás? Lo demás es silencio.