sábado, 29 de octubre de 2011

Así habló Isaac Rosa

 
El tiempo se nos viene encima. Al principio de manera lenta, inapreciable, hasta que un buen día te miras al espejo y compruebas que se ha derramado sobre ti, sobre tu acomodada vida, sobre la solera de tus costumbres, sobre las raíces de tu pelo, sobre el brillo de tus pupilas. Una noche de octubre te acuestas celebrando la concesión del Premio Nobel a un sueco lírico y rejuvenecido, Tomas Tranströmer, y a la mañana siguiente te levantas lamentando la muerte de un escritor lúcido y avejentado, Félix Romeo. A expensas del tiempo, entre la algarabía y la desazón, una única certeza: la supervivencia de la literatura.

El tiempo se nos viene encima y vivimos momentos difíciles. Al principio resulta difícil darse cuenta porque eres joven y tienes muchos sueños y el mundo es un lugar maravilloso por el que vale la pena luchar. Así que no le das importancia y empleas ese tiempo en hacer cualquier cosa, salir a tomar una cerveza, pasar el día en la montaña, ver una película iraní, pasar una tarde de otoño en Las Ventas. Ese tipo de cosas. Hasta que un buen (o mal) día empiezas a trabajar. Ocho horas al día, cinco días a la semana, 48 semanas al año. Algunos, afortunados ellos, trabajan todavía más. Otros, entristecidos, llevan meses sin trabajar. Hasta que un buen (o mal) día, después de una larga jornada de trabajo en la oficina o al aire libre dando de comer a las palomas, descubres que el mundo es una pesadilla, que tú ya no eres tan joven y que los sueños, ay, amigo mío, los sueños, sueños son.

El insomne escritor Isaac Rosa (Sevilla, 1974) ha construido una trama pesadillesca sobre la realidad más prosaica, el trabajo, erigiendo con ello un libro impecable desde el punto de vista literario, e implacable desde el punto de vista sociolaboral. Su título, iluminador, simbólico y crítico, es La mano invisible. En ella, el autor sevillano desmenuza las vidas de una docena de trabajadores que han sido contratados por una empresa de límites difusos para desarrollar el ejercicio de su profesión dentro una nave industrial acondicionada para la asistencia de público. Entre los trabajadores hay un albañil, un carnicero, una teleoperadora, un mecánico, una secretaria, una costurera y varios trabajadores más que aceptan por contrato ser observados durante la realización diaria de sus tareas. Ya sea un experimento con fines científicos, un vulgar circo sociológico o una propuesta artística, lo único que saben ellos es que están allí para trabajar. Así que trabajan. Al principio con dedicación absoluta, con profesionalidad, algunos hasta con emoción. Poco a poco, sin embargo, la cargante rutina obliga a muchos de ellos a cuestionar su función en la empresa y el valor de su trabajo, lo que conlleva asimismo el análisis de sus propias vidas y, por extensión, la denuncia del modo de producción en el sistema capitalista.

La capacidad de Rosa para poner en tela de juicio conceptos y verdades aceptadas por todos es indiscutible. Lo hizo con los clichés, los maniqueísmos y los malentendidos que pueblan la literatura española sobre la Guerra Civil, el Franquismo y la Transición en la imprescindible novela titulada El vano ayer. Lo volvió a hacer con El país del miedo, donde dejó en evidencia los mecanismos que barajan los gobiernos para mantener el control social por medio del pánico, la manipulación o el engaño masivo. Y ahora, con esta corrosiva novela sobre las fatigas y las desigualdades del mundo laboral, Rosa confirma su compromiso con la realidad de su tiempo y con los problemas que generan una creciente deshumanización de la sociedad, sin renunciar en ningún momento a la excelencia literaria.

El espacio enorme que no lograban llenar, las paredes desconchadas, el techo de uralita altísimo, el suelo de cemento basto, los reflectores insoportables, la grada con espectadores, y en el centro ellos, aislados, desprotegidos, a solas con sus faenas, desnudos en su condición de trabajadores, convertidos en una metáfora que ninguno era capaz de nombrar, tal vez ni siquiera de reconocer, esto es el trabajo, estos son trabajadores, esto es trabajar, si alguno de entre el público pensaba otra cosa, desengáñese, pierda la inocencia, mírenlo, de eso se trata, doce personas que entregan tiempo, esfuerzo, atención, conocimientos, cansancio, salud, y no saben por qué lo hacen, no saben por qué no pueden evitar hacerlo, y tampoco saben para qué, cuál es el resultado, lo hacen por dinero, sí, por necesidad, sí, porque están en paro, porque tienen que pagar hipotecas y alquileres, porque tienen que comer, pero eso no es todo, hay mucho más.

 

Es cierto: hay mucho más. En la entrevista que me concedió el autor de este párrafo ilustre y definitorio para la revista TIEMPO, podemos encontrar algunas razones más para entender su concepto de la novela, del trabajo, de la literatura, del escritor y de los difíciles momentos que nos ha tocado vivir.
 
Así habló Isaac Rosa de la novela: "En la novela vemos el trabajo desnudo del todo, para que a partir de ahí el lector se empiece a cuestionar por qué trabajamos así, por qué aguantamos esta forma de trabajo si nos cansa y nos enferma y nos irrita y nos condiciona la vida."

Así habló Isaac Rosa del trabajo: "Aceptamos que en la vida hay que trabajar y que debemos dedicar nuestros mejores años al trabajo, tantas horas a la semana, a cambio de alguna recompensa, y yo creo que, sobre todo en un momento como éste, deberíamos replantearnos ese modelo y esta situación."
 
Así habló Isaac Rosa de la literatura: "La literatura española ha sufrido, como el resto de la sociedad española, eso que llamamos Transición, cuando se construyó la democracia que tenemos ahora y se confinó a la literatura y a la cultura en general al lugar que ocupa hoy: un lugar irrelevante en términos políticos y sociales."

Así habló Isaac Rosa del papel del escritor en la sociedad: "El escritor no podrá encerrarse en su obra, no podrá seguir escribiendo, como se escribe tanto ahora, novelas protagonizadas por escritores que hablan de su propia escritura, viviendo de espaldas a todo lo que está pasando. Lo que ocurre es que precisamente por esa posición bastante irrelevante en que se ha dejado a la literatura, el propio escritor desconfía de sus posibilidades. Yo creo lo contrario."

Así habló Isaac Rosa de los difíciles momentos que nos ha tocado vivir: "Están aterrorizándonos a diario. Uno se levanta cada mañana y comprueba que la situación es terrible, mañana puede caer Grecia y a la semana siguiente los bancos, el euro, toda Europa. Existe la intención de mantenernos asustados, precisamente para que no nos planteemos nada, aunque este es justo el momento en el que deberíamos hacerlo. Pero en lugar de hacernos preguntas, lo único que nos preocupa es tener un trabajo como sea."

El tiempo se nos viene encima y vivimos momentos difíciles. Las circunstancias de cada uno, los premios y las derrotas, ¿qué importan? Estamos cada vez más viejos pero estamos aquí y por eso tenemos una responsabilidad con nosotros mismos, con los que murieron y sobre todo con los que siguen vivos. Lo mejor para seguir creyendo en los sueños es mantenerse despierto. Si los trabajadores y las trabajadoras de este país leyeran el libro de Isaac Rosa, no pasaría absolutamente nada. La literatura por sí sola no puede cambiar el mundo; los lectores, las personas, sí.

Así habló Isaac Rosa. ¿Qué piensas hacer tú ahora?

lunes, 12 de septiembre de 2011

Fuentes, a mi pesar

Fuentes, a mi pesar



Hay personas que cuando se desvelan no saben muy bien qué hacer. A unas les da por encender la televisión y comer algo dulce y luego algo salado y luego otra vez algo dulce. Otras salen a la noche a beber whisky y fumar pitillos y jugarse a una carta su precaria realidad. Las hay que tienen la fortuna de dormir acompañadas y entonces tratan de despertar la atención o el deseo de su acompañante. Hay personas, más o menos desdichadas, que duermen solas y cuando se desvelan no tienen ganas de beber ni de fumar ni de comer siquiera, pero sí de leer, de leer y de perderse en un mar de páginas por no romper a llorar. Y todavía hay personas que cuando se desvelan no hacen nada, simplemente se quedan tumbadas en la cama, pensando en todas las cosas que han hecho en su vida y en todas las cosas que podrían haber hecho en su vida y en todas las cosas que nunca harán en su vida, y en algún momento de la noche, o del día, descubren que estaban dormidas y se despiertan y se desvelan. Y vuelta a empezar.

Me acabo de desvelar. No sé qué puedo hacer. ¿Ver la tele, fumar, pensar? No tengo ganas de hacer nada. Ni siquiera tengo ganas de ponerme a leer. La carne es débil y he leído todos los libros. Eso lo escribió Mallarmé y decenas de escritores se han hartado de citarlo para sí mismos. Yo no. Pero Carlos Fuentes (mexicano nacido en Panamá, una contradicción sólo aparente) bien podría suscribirlo tras haber escrito el ensayo que tengo en las manos, La gran novela latinoamericana, y que incorpora todos los libros y todos los autores que hay que leer para entender la literatura creada por los habitantes del Nuevo Mundo. (Todos, menos uno.)

¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿A quién debemos lealtad? ¿A nuestros padres españoles? ¿A nuestras madres aztecas, mayas, quechuas, araucanas? ¿A quién debemos hablarle ahora: a los antiguos dioses o a los nuevos?

El análisis que hace Fuentes de la narrativa latinoamericana desde los tiempos del descubrimiento y la conquista hasta la actualidad es pormenorizado, lúcido y alumbrador. Lo son sus comentarios sobre Borges, su admiración por Rulfo, su deuda con Carpentier. Lo son sus lecturas de Onetti, de Cortázar y de Bioy Casares. Lo son sus referencias a los autores del boom, García Márquez, Vargas Llosa, del bumerang, José Donoso, del post-boom, Ricardo Piglia, Tomás Eloy Martínez, y del crack, Jorge Volpi e Ignacio Padilla, entre otros. El ensayo de Fuentes tiene ambiciones enciclopédicas y, aunque su autor lo niegue, carácter totalizante. Es, por tanto, una obra fundamental, un libro de consulta para entender la literatura iberoamericana e incentivar su lectura.

El signo de la novela latinoamericana es la variedad. Las categorías del debate anterior (realismo socialista o realismo mágico, novela sociológica o novela política, artepurismo o compromiso) han sido superadas por dos cosas que definen en verdad a la literatura: La imaginación y el lenguaje. 

Entre esas dos coordenadas se organiza nuestra comprensión del mundo. Entre la realidad y la historia, entre la memoria y la ficción. Posiblemente, ningún otro lugar de la tierra haya generado en tan poco tiempo tantas versiones de sí misma como América Latina. La obra de Fuentes, un monumental fresco sobre la historia de México donde cada nuevo libro tiene un lugar designado, es un claro ejemplo de ello. La región más transparente (1958), Cambio de piel (1967) o Terra Nostra (1975), todas ellas forman parte, junto a títulos más recientes como Carolina Grau (2011), del mosaico milenario que supone La edad del tiempo, una de las aventuras narrativas más ambiciosas y colosales de la historia de la literatura de todos los tiempos. 

Cada época va nombrando al mundo y al hacerlo se nombra a sí misma y a sus obras. (…) Pero sea cual sea éste, cambien como cambien espacios y tiempos, habrá insatisfacción, habrá diversidad y habrá palabra. Se escribirán novelas y ninguna novedad técnica o divertida cambiará esta necesidad y este goce vitales, anteriores a todo marco ideológico y tecnocrático. De allí la fuerza, de allí la molestia, de allí el goce que se llama “novela”.

La novela como artefacto perfecto. La novela como mapa de un territorio inabarcable. La novela como mecanismo para entender la realidad. La novela como clave para aprender lo que no cuenta la historia, para investigar el pasado, alumbrar el presente y predecir el futuro. La novela como asidero, como salvavidas, como oración y como penitencia. La novela como depositaria de todas nuestras esperanzas. La novela como reflejo de todos nuestros miedos. La novela como compañera ideal para escudriñar la penumbra mientras esperamos la llegada del amanecer. ¿Y entonces?

Busquemos entonces, en la novela, la realidad de lo que la historia olvidó. Y porque la historia ha sido lo que es, la literatura nos ofrece lo que la historia no siempre ha sido.

Otra contradicción aparente. La realidad y la historia, ¿son la misma cosa? La literatura y la memoria, ¿qué son? La ficción. La fantasía. La noche, el día, la vigilia. ¿Por qué, a pesar de haber comido dulce y salado, a pesar de haber bebido y fumado, a pesar de haber leído a Fuentes, a pesar de haber repasado detalladamente los éxitos (escasos éxitos) y los fracasos (abundantes fracasos) de mi vida, por qué sigo sin poder conciliar el sueño? Basta de escribir. Basta de leer. Es hora de volver a la realidad. Sólo una cosa más.

El lector tiene en sus manos un libro personal. Ésta no es una “historia” de la narrativa iberoamericana. Faltan algunos nombres, algunas obras. Algunos dirán que, en cambio, sobran otros nombres, otras obras.

Yo digo que falta uno: Roberto Bolaño. Pero Carlos Fuentes tiene una excusa: al fin y al cabo, se trata de una selección personal. Sin embargo, no deja de sorprender que el mexicano haya incluido a la chilena Isabel Allende y no al autor de Los detectives salvajes y 2666, que es, probablemente, el escritor más personal, influyente y totalizante de cuantos latinoamericanos se han dedicado al oficio (ah, tormentoso oficio) de escribir.

La semana pasada pude hablar con Carlos Fuentes. Le hice una breve entrevista para la revista Tiempo (un semanal imperecedero, por otra parte). Entonces no pude evitar preguntarle por la ausencia de Bolaño. “Bolaño no está -me dijo- simplemente porque no lo he leído”. Me quedé mudo. ¿Es eso posible? Antes de despedirnos, Fuentes me prometió que la próxima noche de insomnio que le regalará el jet-lag cogería un libro de Bolaño y lo empezaría a leer. Magnífico, pensé. Hasta los grandes maestros de la literatura tienen algo que hacer cuando se desvelan.

Paseando a mister Walser

Paseando a mister Walser

Paseo por Madrid el primer día de septiembre. Parece que el verano se ha acabado antes de tiempo. Llevo una media hora hablando con un amigo por teléfono. Mi amigo está cansado. Siente que se ha equivocado, que en algún momento del camino ha tomado una decisión errónea y se ha desviado de sus objetivos, de sus ideales, de sus aspiraciones. ¿Qué me ha ocurrido?, me pregunta. No lo sé, le respondo. Mi amigo está convencido de que se está perdiendo algo, pero no sabe qué es. Quiero viajar y quiero estar más tiempo con mis amigos, quiero desarrollar mis inquietudes y también poner a prueba mis habilidades. Pero no lo hago. No me marcho de aquí, no salgo por las noches, no me arriesgo. ¿Qué puedo hacer?, me pregunta. Bueno, le digo sin tenerlas todas conmigo, yo creo que... En ese instante se acaba la batería de mi teléfono y se corta la comunicación. Me detengo un segundo y después sigo paseando. La vida continúa.

Robert Walser (Suiza, 1878 -1956) lo sabía mejor que nadie: Nunca hay que detenerse, nunca hay que dejar de caminar. Ésa es una de las primeras lecciones que uno aprende leyendo las Historias que ha editado Siruela en uno de sus preciosos volúmenes, un ejemplar ligero, sutil, trascendente y esperanzador. Un libro atemporal, aunque tiene casi un siglo, que puede y debe leerse hoy para dominar el pánico, para olvidar la resaca vacacional, para eludir la indecisión vital, o más directamente para mitigar la incertidumbre de nuestras vidas. ¿Por qué? Bueno, porque uno de sus principales objetivos es atrapar la belleza del instante y transmitirla. Porque elige con sumo cuidado palabras que pueden amansar nuestro carácter y aquietar nuestra locura. Porque persigue, anhela y deja constancia de la fugacidad y de la eternidad de la auténtica poesía. Pero, sobre todo, porque nos obliga a no detenernos, a seguir caminando.

Es extraño, no obstante, porque este genuino escritor, unos de los más influyentes en lengua alemana del pasado siglo, se pasó los últimos 30 años de su vida encerrado en un manicomio, adonde fue a parar, para mayor estupefacción, de forma voluntaria. ¿Es posible que un hombre trastornado (escuchaba voces en su cabeza) y proclive a tener comportamientos violentos (una vez que se emborrachaba) sea capaz de transmitir serenidad, belleza y aquiescencia con uno mismo y con el mundo exterior? Es extraño, ¿verdad? Es muy extraño. Sin embargo, no sólo es posible sino que además es irrefutable. Como sé que muchos de vosotros no me creeréis, sólo os puedo decir una cosa: Haced la prueba.

Haced la prueba y leed un libro cualquiera de Walser, Los hermanos Tanner, Jakob Von Gunten, El paseo, La rosa o este fragmentario y complaciente Historias, todos ellos publicados magníficamente por Siruela, y entonces lo comprenderéis. No digo que en esos libros no vayáis a encontrar asperezas emocionales, dificultades vitales, dramas cotidianos y castigos inmisericordes. En todos ellos los hay porque la vida es una experiencia dolorosa y solitaria y trágica. Walser lo sabía. ¿Por qué si no decidió voluntariamente apartarse de ella? La vida es un verdadero drama y seguir vivo requiere valentía, mucha energía y una férrea disposición de ánimo. Pero la vida… ¡ah, esa cosa! La vida es lo único que tenemos y lo único que nos queda y todos sabemos que la vida puede ser maravillosa. Y Walser, a pesar de todo, también lo sabía.

Walser sabía que estar vivo era una bendición aunque fuera un hombre que rechazaba la búsqueda del éxito, el ascenso social y la alabanza gratuita. Por eso abandonó muy temprano la literatura. Hasta que tomó esa decisión, aunque fuera un hombre que sufría a diario, Walser renunció a la compasión y trató de transmitir en cada texto, con cada palabra, la hermosa armonía que nos rodea, esa belleza cósmica, natural, que en pleno siglo XXI resulta difícil que nos pueda colmar de alegría: el silencio de la madrugada, el canto de los pájaros, el movimiento de las copas de los árboles, la quietud del agua de un lago, el florecimiento de la primavera, el olor del otoño, la pureza de los rayos del sol, el ir y venir del viento, el mundo, en definitiva, que se levanta y se acuesta y sigue vivo sin necesitar nada de nosotros. El escritor como potenciador de sinergias, como puente entre la posibilidad de que las cosas ocurran o no, como transmisor de percepciones. El escritor como fuente de pureza.

Entonces, ¿quién fue Robert Walser? Un escapista. Un loco. Un desdichado. Un hombre agradecido. Un enfermo convaleciente. Un enamorado. Un poeta. Un genio. Un escritor minucioso. Un detallista. Un espíritu ausente. Un pobre ingenuo. Un alma incansable. Para muchos de sus colegas, Robert Walser fue un ejemplo. Enrique Vila-Matas se ha valido de su poética de la renuncia para elevar su melancolía a categoría artística. Ray Loriga le profesa una absoluta veneración. Elias Cannetti le ensalzó como paradigma moral. Y Herman Hesse se atrevió a escribir que si las obras de Walser tuvieran cien mil lectores, el mundo sería mejor. Porque Walser fue, ante todo, un hombre que luchaba a diario por seguir vivo. Como todos nosotros.

El día de Navidad de 1956 Robert Walser estaba paseando por los alrededores del manicomio de Herisau cuando le sobrevino la muerte. Cayó al suelo y se quedó tendido sobre la nieve. Las causas de su fallecimiento no están del todo claras, pero es fácil imaginar que su corazón se cansó de caminar. Porque Robert Walser dejó de viajar y dejó de escribir y dejó de relacionarse con una sociedad a la que nunca llegó a pertenecer ni mucho menos a comprender. Pero nunca se detuvo.

Eso es lo que quería decirle a mi amigo cuando la comunicación se cortó. El verano se ha terminado y los días son cada vez más cortos y cuando llega la noche es fácil sentirse solo y pensar que nos hemos equivocado. Sin embargo, amigo mío, no te detengas jamás porque la vida continúa.

Haced la prueba.

Las máscaras de Lem

Cuando paseas a un chucho callejero a altas horas de la madrugada por una ciudad desierta del extrarradio de Madrid, todo es factible de formar parte de una novela negra. La noche, la soledad, los crímenes no confesados, los ladridos de un perro que se altera detrás de una verja mientras un chucho inocente y tú estáis parados enfrente de la incertidumbre. Cuando paseas a un chucho callejero a altas horas de la madrugada por una ciudad desierta del extrarradio de Madrid, lo más probable es que estés loco o estés solo o sufras insomnio y por eso mismo estés loco y solo. Ésa es la realidad. La mayoría de las veces no hay otra explicación.

La novela negra, o lo que tú y yo entendemos por novela negra, juega con nuestras expectativas ante los sucesos venideros. Por lo general, los malos son unos personajes a la vista infames aunque siempre queda alguno de ellos que parece tan bueno que nunca nos esperábamos que al final del siguiente capítulo iba a enseñar el cuerpo del delito. Los buenos, en cambio, toman decisiones que no entendemos y que nos hacen pensar que no saben nada de nada hasta que se va desvelando el enredo y la pista más inútil y menos esclarecedora es la que resuelve el misterio. ¿Me equivoco? Decidme, ¿me estoy equivocando?

La verdad, la novela negra, la novela policial, la novela de misterio, me deja frío, es más, me deja helado, podría decir que me deja totalmente indiferente. Por estos motivos no he leído tantas como debería para enlazar en estas breves tentativas un juicio sensato y consecuente. Veamos. He leído a Poe, pero Poe perturba en cada línea y el desenlace fatal es indisoluble a la narración. Por tanto, cumple su cometido. He leído a Conan Doyle, el equilibrista de las intrigas de Sherlock Holmes, y su verborrea circunvalar me distrae y me obnubila. He leído a Agatha Christie, qué bien se lee a Agatha Christie, pero la resolución de sus casos tan sólo consigue que levantemos una ceja y esbocemos una sonrisa cómplice, que bien mirado es más de lo que consiguen muchos libros. Sigamos. Luego vinieron Raymond Chandler, de quien no tengo más quejas que las de haber inventariado la idiosincrasia del detective moderno, con todos sus pros y sus contras; y acto seguido, Dashiel Hammet, un hombre contagiado de su espíritu y de su buen hacer, dispuesto a quebrantar las leyes de lo ridículo en unas tramas sencillas y a la vez rocambolescas, pero también del todo previsibles.

De todas formas, esto no aclara para nada cualquier cosa que tengamos que decir acerca de La investigación, la novela de Stanislaw Lem, el escritor polaco con mayor trascendencia internacional, con el permiso de Witold Gombrowicz… Aunque, la verdad, ¿quién sabe quién es Witold Gombrowicz? Qué más da. La novela de Lem, magníficamente editada por Impedimenta, aunque con más erratas en el texto de las que nos tiene acostumbrados, es una diatriba discursiva que planea sobre varias ideas sin esclarecer ninguna de ellas, todo lo cual es en realidad su mayor acierto y su mejor disculpa. A saber, la culpabilidad, la imaginación, la locura, la ciencia y los milagros. Porque, ¿quién podría imaginar que un recién fallecido una vez trasladado al depósito de cadáveres aún tenía fuerzas para trepar por una ventana y saltar al exterior? ¿Qué mente maligna, qué virus inverosímil, qué religión monoteísta, qué poder fáctico, pueden hacer posible el milagro de la resurrección “real”?

No quiero mentiros. He leído la novela hasta la última página porque tenía que hacerlo para poder redactar esta crítica. ¿Tenía que hacerlo? ¿Es esto una crítica literaria? Lo dudo. Dudo constantemente sobre el papel de la novela, el papel del crítico, el papel de la lectura, y el papel de las madrugadas desiertas en una ciudad del extrarradio de Madrid acompañado de un chucho callejero que está tan viejo y tan agotado que no oye ni ladra y ya ni siquiera ve. Esta misma noche, ese chucho, mi perro, se ha chocado con una señal de tráfico clavada en la acera. Si yo fuera un escritor lúgubre, satírico o nostálgico, compondría una escena terrorífica, inventaría una situación desternillante o, sencillamente, me echaría a llorar. Pero la única verdad es que no tengo ninguna respuesta. Bueno, quizá sí. Quizá tengo una. Digamos que Stanislaw Lem es un visionario y que Vacío Perfecto, publicada asimismo por Impedimenta (el primer volumen de la biblioteca del siglo XXI) es en realidad el legado que nos ha dejado este inteligentísimo polaco a los insensatos que todavía perdemos el tiempo delante de un trozo de papel y un marasmo de letras. La literatura, ah… ¡Qué magnífico invento!... Y qué estúpido. Como una señal de tráfico colocada en medio de la acera.

La locura, señores, no es un saco donde se puedan meter todos los actos que no comprendemos del ser humano. La locura posee su propia estructura, su propia lógica de actuación.

Paseando a mi chucho por una ciudad del extrarradio de Madrid, he pensado en todas las cosas importantes que podía decir sobre la vida, la novela y la muerte. Unos minutos más tarde he llegado a casa y lo único que ha perturbado mi mente ha sido la constatación de que las sombras que proyectamos en la pared nunca hacen lo que nosotros hacemos. En ese momento, lo reconozco, me he estremecido. ¿Y si nuestra vida no acaba cuando el detective logra llevar a buen puerto la investigación? ¿Por qué Reyes Muelas, la ilustradora de estos desvaríos narrativos, hace días que no me coge el teléfono y no sé por donde camina ni qué aire respira? ¿Estamos, tú y yo y Lem y Reyes realmente vivos?

Lo curioso era que la muerte había añadido valor a sus rasgos vulgares, les había otorgado un aire de reflexión extática. Se habían vuelto más expresivos que en vida, como si justo ahora que estaban muertos tuviesen algo que ocultar.
Si alguno de nosotros contestara a esa pregunta la novela negra sería un fraude. Pero no lo es.

Cuantos más hechos minuciosamente medidos, fotografiados y apuntados iba acumulando, tanto mayor era el sin sentido que se derivaba de la estructura resultante.

En una novela negra llega un momento en que todo encaja. Menos mal que Lem, ese polaco travieso, siempre guarda una bala en la recámara, un as en la manga, una máscara debajo de la mesa. Sólo por eso merece la pena adentrarse en las tinieblas londinenses que ensombrecen este libro. Un libro, otro libro de Lem, imprescindible y también mortífero. Porque vivir es jugar y jugar es probar y probar es morir y morir es revivir.


Ésa es la única verdad. Ésa, y que mi perro se ha quedado ciego.

La sombra de Olmos es alargada

La sombra de Olmos es alargada

Es curioso. Uno, cuando escribe, siempre intenta alcanzar la excelencia, la frase perfecta, la metáfora innovadora. Uno, cuando escribe, siempre intenta ser apoteósico y tremendamente sagaz, además de ingenioso, mordaz, inteligente, cautivador, emocionante, lúcido, sarcástico, estimulante y cáustico. En esas ocasiones parece como si uno sólo escribiera para deleitar a los demás, para dejarles con la boca abierta, para hacerles sonrojar. Y digo que es curioso porque, en realidad, lo más importante que le puede suceder a uno cuando escribe, además de conseguir todas esas cosas maravillosas mediante el uso de las palabras, lo verdaderamente sublime, lo increíblemente jodido, lo jodidamente increíble, es hacer reír al lector.

Para lograr ese objetivo tan noble no existe nada mejor que leer el libro del que estamos hablando. Según parece, Alberto Olmos (Segovia, 1975), uno de los jóvenes narradores más excelentes, ingeniosos, cáusticos, inteligentes y etcétera del actual panorama narrativo español, lleva más de cinco años parapetándose en el seudónimo de Juan Mal-herido para poner patas arriba nuestra concepción de la literatura, de la escritura y de la crítica literaria. Así, de los centenares de reseñas que ha publicado a lo largo de todo este tiempo en su blog de recomendadísima lectura (http://www.lector-malherido.blogspot.com/), Olmos ha seleccionado en torno a una cincuentena de entre las más rabiosas, cínicas y perversas que pueden y deben leerse con alegría y satisfacción porque 

(…) Lector Mal-herido arremete contra los libros malos, la decadencia de la palabra escrita, el entronamiento de medianías, el clima de silencio fariseo que aqueja la crítica literaria en nuestro país y, sobre todo, el pavor a encarnar esa figura de cuento que yo tanto admiro: el niño que señala al emperador desnudo.

Todos ellos, el emperador, los reyes, los príncipes y las princesas, los ilustres mandatarios, los consejeros, los burócratas, los funcionarios y hasta los obreros de la literatura, todos ellos salen mal parados en las páginas de este libro, todos ellos son, no sólo desnudados, sino también zarandeados, apaleados y posteriormente descuartizados en la plaza pública del pueblo a la vista de cualquier transeúnte, quien lejos de asustarse se detiene y goza del espectáculo y esboza una sonrisa cómplice y cuando la tortura ha terminado vuelve a su casa paseando entre nubes y sintiéndose incompresiblemente feliz porque piensa que todos ellos, sátrapas y gentilhombres, se han llevado su merecido.

De este modo deliciosamente sacrílego y cruel, Mal-herido pone en la cuerda floja a un premio Nobel como Ernest Hemingway: “es muy peligroso confundir tu semen con tinta pelikan”; a un fenómeno editorial como Stieg Larsson: “su primera novela es abyecta”; a un malabarista de la casualidad como Paul Auster: “lo malo de leer a Paul Auster es que uno está siempre deseando que no le guste”; y a una celebridad del erotismo como Marguerite Duras: “es una novela de mierda, El amante, y si ha vendido mucho es porque se hizo una película (una película de mierda) y porque, como digo más arriba, folláis poco y el sexo os lo tienen que dar por escrito”. Lo olvidaba. El concepto que tiene Mal-herido sobre la relación entre el sexo y la literatura es del todo perspicaz.

La relación entre el sexo y la literatura es fundamental y, sin embargo, en ninguna universidad van a decir nunca la gran verdad: escribo porque no follo. (O lo que viene a ser lo mismo: escribo para conseguir follar.)

Pero el recurso a lo zafio, a lo burlesco o a sucesivas ironías de contenido sexual explícito no es ni mucho menos lo más gracioso de estas críticas. Lo verdaderamente divertido es la sobrada inteligencia que demuestra el autor de estos ataques: cómo es capaz, adoptando una postura engreída, de que admiremos sus razonamientos deductivos, sus opiniones bizarras o sus derivas académicas, hasta el punto de estar dispuestos a cambiar la percepción que teníamos de una determinada obra. ¿Cómo puede ser? ¿Tan débil es nuestro criterio? ¿Tan débiles nuestras opiniones? Es igual. Todo esto no valdría de nada si no fuera acompañado de una circunstancia fundamental, inmaculada, y es que la escritura de Mal-herido es absolutamente genial.

¿Cuántas escritoras (mirad las solapas) son feas? Casi todas. Gordas, feas, desagradables, depresivas, ciclotímicas, sociópatas: eso es lo que las hace escritoras. Y escritores: gordos, feos, desagradables, ciclotímicos, sociópatas. Los guapos no hacen literatura; con suerte, hacen best seller. La literatura la forjan los que no están de acuerdo, los que quedan al margen, los que no saben moverse en las fiestas, los que necesitan estar solos para no vomitar encima de tanto gilipollas.

Lo más jugoso y a la vez lo más pendenciero de este libro son las alusiones a nuestros grandes y queridos hombres de letras de nuestra grande y querida patria. El talento y la fiereza de Mal-herido no se arredran lo más mínimo cuando al autor le toca hablar de prebostes hispánicos laureados e indestructibles como Pérez-Reverte, Muñoz Molina, Caballero Bonald, Vila-Matas, Sánchez Dragó, Martín-Santos y algún que otro escritor de un solo apellido como Cercas y Marías. Tampoco le tiembla el pulso a la hora de despotricar sobre autores latinoamericanos de recién hidalguía, como Fresán y su predilección por los prólogos, o, en opinión de Mal-herido, la exagerada fama lograda por Bolaño tras su temprana muerte. (Bolaño, según parece, es el archienemigo de Olmos por alguna razón misteriosa y, seguro, del todo pueril). En cualquier caso, merece la pena echar una ojeada al libro para comprobar in situ que el emperador no sólo va desnudo sino que está triste, viejo y moribundo.

Antes de terminar con esto, me he permitido hacer una lista de los libros que sí han superado los exigentes, intelectivos e inmisericordes presupuestos de Mal-herido. Con precaución pero sin demora, y bajo su entera responsabilidad, en los días sucesivos todos nosotros deberíamos inmiscuirnos en las páginas de alguno de los siguientes títulos:

1. Carta de una desconocida, Stefan Zweig.
2. El factor humano, Graham Greene.
3. Viaje sentimental por Francia e Italia, Laurence Sterne.
4. La vida secreta de Salvador Dalí, par lui même.  
5. La peste bucólica, Alejandro Cuevas.
6. Diario, Witold Gombrowicz.
7. El mundo interior del capital, Peter Sloterdijk.
8. Teoría King Kong, Virginie Despentes. 
9. El hospital de la transfiguración, Stanislaw Lem.
10. El simple arte de escribir, Raymond Chandler.
11. La novela luminosa, Mario Levrero.
12. Bueyes y rosas dormían, Cristina Sánchez-Andrade.
13. Mi suicidio, Henry Roorda.
14. Diarios 1892-1917, Leon Bloy.
15. Manual de literatura para caníbales, Rafael Reig.

Eso es todo, amigos. Si eres de los que leen, preocúpate. Mal-herido afirma:

La literatura es una puta mierda.

Si eres de los que escriben, anímate. Olmos preconiza:

Algún día acabará el tiempo de los emperadores.

Para todos los demás: haceos con un ejemplar de Trenes hacia Tokio, recién reeditada en un formato muy estiloso por Lengua de trapo, porque es, sin duda, la mejor novela de Alberto Olmos. Y es que, a pesar de lo que parece, Alberto Olmos es un hombre y él también ha escrito malas novelas y si no fuera muy tarde, o muy pronto, yo mismo jugaría a descuartizarle en la plaza del pueblo. Pero temo que mi instrumental de tortura sea inadecuado y mi valor insuficiente y entonces no lograré arrancar ni una sola carcajada al público y eso era lo único importante de todo este asunto. A saber, hacerte reír. ¿Lo he conseguido?

La vida exagerada de Ricardo Piglia

La vida exagerada de Ricardo Piglia
¿Tiene sentido hablar de literatura cuando el mundo tal y como lo conocemos parece a punto de acabarse? ¿Es cierto que el mundo está cambiando? ¿Pueden, podemos, las personas que vivimos en él convertir los sueños en realidad? ¿Qué tipo de sueños estamos pensando para todos y cuántos somos en realidad? ¿Quiénes somos? ¿Qué queremos? ¿Por qué estamos aquí, allí, donde sea que estemos, y cuál es la finalidad de todo esto? ¿Acaso importa? ¿Es que no es suficiente con reunirnos, levantarnos y pensar antes de que sea demasiado tarde? ¿Puede una hormiga detener a un elefante y preguntarle por qué camina y hacia dónde? ¿Qué es lo que tanto temen los políticos, lamentan los periódicos y anuncian los ciudadanos? ¿Qué es lo que estás esperando tú de todo este asunto?

La literatura permite pensar lo que existe pero también lo que se anuncia y todavía no es.

Un momento. ¿No se trata de eso? ¿Es que no se trata de eso? ¿Saber una realidad y cuestionarla y anticiparla y transformarla? ¿Mirar lo que se ve y ver lo que se mira? ¿Escuchar, participar, reaccionar? ¿Dirimir, combatir, resistir? ¿Creer, crecer,  comprender?

La crítica es la forma moderna de la autobiografía. Uno escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas. ¿No es a la inversa del Quijote? El crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee.

La verdad, no creo que sea necesario hablar demasiado del último libro de Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940). Acaba de ganar un premio importante, un Premio con mayúsculas. ¿Cuál? Qué importa. Para mí no es el mejor libro de Piglia. ¿Cómo podría estar a la altura de Respiración artificial? La especialidad de Piglia, no obstante, es otra cosa. Las arenas movedizas. Los cambios de sentido. El terreno de nadie. El espacio y el lugar donde la literatura y el infinito abanico de posibilidades que nos depara se juntan, se confabulan y estallan. Como en El último lector. Como en Crítica y ficción. Como en Prisión perpetua. Pero es que tampoco se trata de eso.

Todo el pueblo colaboraba en ajustar y mejorar las versiones. Habían cambiado los motivos y el punto de vista, pero no el personaje; tampoco habían cambiado los acontecimientos, sólo el modo de mirarlos. No había hechos nuevos, sólo otras interpretaciones.

Piglia, a lo largo de su dilatada y cuidada obra, parece haberlo comprendido todo. La literatura es el lugar idóneo para iniciar el movimiento. La lectura. La escritura. La revolución. Qué importa. La literatura es el principio, acaso también el fin.

Dos más dos, cinco, pensaba, pero nadie lo sabe. Y tenía razón. (…) Era una historia verdaderamente extraña, con aristas variadas y versiones múltiples. Igual que todas…

Hagamos un pequeño repaso a la literatura argentina antes de mudarnos de casa y vender la piel del oso. Veamos. Primero que nadie está Borges. Borges adoraba a Hernández, pero Hernández resulta un tanto patético en su letanía prosódica. Borges tenía dos maestros: Macedonio Fernández, mago del disfraz y del aforismo; y Roberto Artl, enemigo del dogma y de la cordura. Borges también tuvo amigos. Un tal Adolfo Bioy Casares, experto en la incertidumbre y la sorpresa; y un tal Juan Filloy, insaciable escritor de folletines. Julio Cortázar era más joven que ellos y quizá por ello renegó de su herencia y de su patria. Nadie es profeta en su tierra, me diréis. Error. Porque entonces surgió Sábato. Un largo lamento por la muerte de Ernesto. El siglo se nos venía encima cuando apareció Manuel Puig y nos envolvió en su tela de araña. El camino estaba marcado para Fogwill, adalid del exabrupto; César Aria, dueño del sarcasmo; y Ricardo Piglia, artífice de lo imposible. Ahora bien: ¿Y quiénes encauzan hoy por hoy el caudal del Río de la Plata? Veamos. Un torrente desbocado: Rodrigo Fresán. Un hombre atiborrado de fluoxetina: Andrés Neuman. Y un joven iluminado: Patricio Pron. La verdad, no hay de qué preocuparse. Todos juntos: No llores por mí Argentina.

Descubrir es ver de otro modo lo que nadie ha percibido. (…) Las consecuencias son más importantes que las causas. (…) No hay contingencia ni azar, hay riesgos y hay conspiraciones. La suerte es manejada desde las sombras: antes atribuíamos las desgracias a la ira de los dioses, luego a la fatalidad del destino, pero ahora sabemos que en realidad se trata de conspiraciones y manejos ocultos.  

Si quieres cambiar el mundo, adelante. Movilízate, levanta la mano, duerme sobre unos cartones en la plaza del ayuntamiento. Escribe pancartas, reparte comida, presta ayuda  a los más desfavorecidos. Acude a las asambleas, opina, apoya, propón tus ideas, enseña tus tatuajes. ¿Y después? Bueno, verás. Alguien tendrá que escribir acerca de todo lo que está pasando y alguien, es indispensable, tendrá que leerlo. ¿Quién? ¿Dónde? ¿Cómo? Si quieres cambiar el mundo, adelante. Pero antes y después tendrás que leer. Y llegado ese momento, si además te gusta la literatura, ¡ah, amigo! Entonces, créeme, entonces te gustarán los libros que ha parido Argentina, y por extensión te gustará Ricardo Piglia.

Lo acusaban de ser irreal, de no tener los pies en la tierra. Pero había estado pensando, lo imaginario no era lo irreal. Lo imaginario era lo posible, lo que todavía no es, y en esa proyección al futuro estaba, al mismo tiempo, lo que existe y lo que no existe. Esos dos polos se intercambian continuamente. Y lo imaginario es ese intercambio.

Seamos realistas, pidamos lo imposible. El mundo, el Mundo, está en nuestras manos. ¿Qué diablos vamos a hacer con él? Por lo pronto, cogerlo en volandas y ayudarlo para que no se vuelva a caer. Entretanto, que alguien sostenga los libros porque, dicen, lo llaman democracia y no lo es. Todos juntos:




La verdad sobre el caso Mendoza

La verdad sobre el caso Mendoza

 
En una entrevista reciente, el pequeño gran hombre Fernando Arrabal aseguraba que la imaginación es la capacidad para combinar recuerdos. Me sorprendió y me gustó mucho esta definición, porque los pocos lectores que tengo o he tenido alguna vez siempre me han acusado de no tener imaginación, de escribir únicamente acerca de mis experiencias y mis recuerdos. Por este motivo, la primera pregunta que le hice a Plinio Apuleyo Mendoza (Boyacá, 1932) cuando nos conocimos fue si estaba de acuerdo con esta afirmación. Me dijo que sí. Naturalmente que sí. Y recordó la célebre idea de su amigo Mario Vargas Llosa sobre la ficción, que viene a decir que una novela es un strip-tease invertido: uno empieza desnudo y poco a poco se va vistiendo y maquillando con recuerdos, imágenes y fabulaciones.

La imaginación, por tanto, no sería otra cosa que una recreación personal, una versión en clave autobiográfica de la historia y de la realidad. Es decir, un punto de vista, una perspectiva. Un prisma fantástico y a la vez vulgar. O mejor, una arista: una línea que resulta de la intersección de dos superficies: la ficción y la realidad; la verdad y la mentira; la lectura y la escritura; la noche y el día; la vida y la muerte. Como la representación de la realidad colombiana de la que nos habla Mendoza en su último libro, Entre dos aguas. Como Martín, poeta y viajero, uno de los dos protagonistas de esta novela, que vive entre dos mundos, entre dos mujeres, entre dos realidades. Como Benjamín, el otro protagonista, el paradigma del buen soldado, entre el amor y la violencia salvaje, tratando de demostrar que las palabras son más poderosas que las armas, y que las buenas acciones son más efectivas que las operaciones militares. Porque la vida en Colombia es un juego a vida y muerte, y la versión oficial nunca dice toda la verdad.

La justicia en Colombia es ciega, lenta o infiltrada.
Si hay algo que caracteriza la trayectoria vital de este escritor colombiano es precisamente la búsqueda de la verdad. Periodista todoterreno y embajador de su país en Italia y Portugal, en los años 60, en París, fue director de la revista Libre, que aglutinó a los escritores del boom. García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Julio Cortázar fueron asalariados suyos, pero sobre todo fueron sus amigos. Por eso, es inevitable no preguntarle a Mendoza sobre la enemistad abierta y aparentemente irrevocable que desde hace décadas separa al autor de Cien años de soledad con el reciente ganador del Nobel. Mendoza, lacónico, se limita a lamentar esta situación y a desear que acabe de una vez. ¿Es eso posible? “Lo es. Me consta que cada uno de ellos se interesa por la salud del otro”. Sólo la cercanía de la muerte, ya que no lo ha conseguido la Academia Sueca, parece capaz de volver a unir los destinos de estos dos grandísimos escritores y sus no menos grandes egos.

El valor se aprende: La mentira gobierna el mundo.

La realidad en Colombia, en Latinoamérica, y acaso en cualquier parte del mundo, está dividida en dos planos: lo que sucede y lo que se dice que sucede. Por eso es tan interesante este libro. Por eso es tan interesante el polémico libro que escribió Mendoza con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano. Porque vivimos simultáneamente y sin solución de continuidad una sucesión de realidades confusas, contradictorias y muchas veces incomprensibles. Porque la imaginación es un arma de doble filo cuando se trata de saber la verdad. Porque la mayoría de las veces hubiéramos preferido no saber cómo han sucedido realmente las cosas. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar y qué es lo que haremos cuando estemos allí?

En cualquier caso, como dice Jean Leenhardt en este libro, en la vida hay que elegir. La última pregunta que tenía preparada para Mendoza era una sucesión de contrarios que no pude trasladarle porque nos interrumpió la chica de prensa. El tiempo de una entrevista siempre es demasiado corto y al entrevistado siempre le esperan en cualquier otra parte. Me hubiera gustado preguntarle a Mendoza, por ejemplo, qué prefiere, si París o Roma, Madrid o Lisboa, Los Rolling o Los Beatles, Messi o Cristiano Ronaldo, el PSOE o el PP, las rubias o las morenas, la izquierda o la derecha, Margarita o Simonetta, Uribe o Santos, Chaves o Fidel Castro, Gabo o Vargas Llosa, Coca-Cola o Pepsi, pantalones o minifalda, guerrilla o paramilitares, legalización o contrabando, Microsoft o Apple, Mc Donalds o Burger King, Disney o Píxar, carne o pescado, acción o inmovilismo, arte o mercado, verano o invierno, prosa o poesía,  Lenin o Stalin, Martín o Benjamin, realidad o ficción, verdad o mentira. Me hubiera gustado preguntarle éstas y otras muchas cosas que no pude preguntarle porque el tiempo siempre es demasiado corto y en la vida siempre hay que elegir aunque a veces, algunas veces, demasiadas veces, la única elección posible es no elegir absolutamente nada y está bien que sea así. O no.

Debo aceptar que la vida, mientras no llegue la muerte, es siempre una novela inconclusa, y tal vez lo mejor para un poeta es que este enigma subsista.

Lo mejor para un poeta es, creo yo, encontrar un amigo, un lector, y procurar no hacerle perder el tiempo. El tiempo, ¿lo he dicho ya?, el tiempo siempre es demasiado corto y a todos nos están esperando en otra parte. No me imagino de dónde habrá sacado Vargas Llosa el tiempo necesario para leer esta novela y afirmar que “concilia magníficamente la ficción literaria y la historia viva”. Pero tiene razón. El afán por buscar la verdad, la claridad expositiva, la nostalgia que transmite cada escena, todo ello convierte esta lectura en una aventura (ah, la aventura de la lectura) hermosa y conmovedora, que nos obliga a situarnos, a posicionarnos, a elegir, mientras nos arrastra de un país a otro y sin concesiones de las confesiones de un viejo poeta y amante empedernido a las cruentas versiones de la realidad colombiana. Démosle, pues, las gracias a Plinio Apuleyo Mendoza por investigar, exprimir y retratar el enigma que siempre supone estar vivos, y por no habernos hecho perder el tiempo.

¿Cuántos años le quedan por vivir y, sobre todo, dónde y cómo los vivirá?

¿Cuántos? No importa. ¿Dónde? En cualquier lugar. ¿Cómo? Por lo pronto, y eso es mucho decir, valiéndose de la imaginación para llegar a la verdad.