jueves, 28 de febrero de 2013

When Paul met John

Aquí y Ahora. Cartas. 2008 – 2011
Paul Auster & J. M. Coetzee
Anagrama / Mondadori
263 páginas.

Según parece, tras una copiosa cena en los salones de un restaurante de lujo londinense, los escritores John Maxwell Coetzee y Paul Auster prolongaban la sobremesa debatiendo algunos detalles sin importancia que no habían podido terminar de dilucidar en las cartas que se estuvieron enviando durante varios años, cartas que se han recogido ahora en un solo volumen que ha sido editado conjuntamente por Anagrama y Mondadori y que (¿no?) tienen desperdicio.

Aparte de discutir sobre cualquier asunto sin demasiada relevancia, Coetzee y Auster, escritores reconocidísimos y supervalorados, logran llevar al lector a una conclusión magnífica por su utilidad y trascendencia: Las opiniones de un escritor siempre son menos importantes que sus libros, siempre y cuando sus libros sean importantes. Aún a riesgo de equivocarme, conjeturo que el 90% de los libros escritos por el sudafricano (Coetzee) lo son, mientras que sólo un 10% de los libros escritos por el americano (Auster) llegan a serlo. Quizá por este motivo, cuando la sobremesa estaba decayendo, John le hizo a su amigo Paul una última pregunta que todavía quedaba por responder, y lo hizo a bocajarro, antes de que su amigo se quedara dormido después de haber bostezado varias veces sin disimulo. 

John.
Entonces, Paul, ¿qué es para ti la literatura? ¿Es un antídoto, es una válvula de escape, es una manera de adquirir conocimientos, de vivir otras vidas, de olvidar, de recordar, de fantasear, es una purga, es una expiación, es una lucha contra el tiempo que nos consume día a día, es una manera de cambiar el mundo, es un simple divertimento, es una soberana gilipollez, es una manía como cualquier otra, es un aburrimiento, es un antídoto contra las drogas, es una droga, es una causa de la soledad, es una consecuencia de la soledad, es una alternativa a la prostitución, es una salvación, es una condena, es una poetización de la nada, es una metáfora de la evolución humana, es una discusión con nosotros mismos, es una manera de relacionarse con personas que jamás conoceremos, es una pose intelectual, es una conversación con seres más inteligentes que nosotros, es un soberbio acto de esnobismo, es una degradación de la realidad, es una exaltación de la realidad, es una mistificación de la realidad, es una realidad, es la única jodida realidad por la que vale la pena seguir viviendo en este mundo cruel?  Dime, Paul, ¿qué cojones es la literatura? ¡Vamos, di algo, y deja de bostezar!

Paul.
Es una forma de ganar dinero que implica grandes dosis de manipulación, proselitismo y arrogancia.   

John.
No esperaba menos de ti, Paul, y lo digo como un cumplido.

Paul.
Lo sé, John, lo sé. ¿Pedimos la cuenta?

John.
Ya he pagado yo.

Paul.
¿Cómo? ¿Otra vez? ¿Y se puede saber cuándo lo has hecho?

John.
Mientras firmabas servilletas y tarjetas de visita a los camareros.

Paul.
Es verdad. Adoro a mis lectores. Me moriría antes que decepcionarlos.

John.
¿Por eso todos tus libros se parecen sospechosamente?

Paul.
Salgamos a la calle, John. Puede que nuestra vida cambie de pronto al torcer una esquina.

John.
Sobre todo si no miras antes de cruzar.


Ambos escritores se echaron sus bufandas al cuello y se despidieron uno por uno de todos los trabajadores del restaurante. Una vez en la calle empezaron a caminar despacio, porque acababan de terminar de comer y porque además ya tienen una edad considerable como para andar trotando, y lentamente se fueron sumiendo en profundos pensamientos hasta que llegaron a Hyde Park y se sentaron en un banco aprovechando los últimos rayos de sol de la tarde y suspiraron, primero John, después Paul, y cuando la noche se instaló en sus retinas sintieron que toda su vida no era más que una monumental farsa, aunque no por ello se sintieron menos dichosos, y sin darse cuenta sus manos se fueron moviendo en la oscuridad hasta que se encontraron en un punto misterioso del universo. Entonces se palparon y luego se agarraron la una a la otra y así, trenzados, somnolientos y meditabundos, Paul y John posaron juntos para entrar a formar parte de ese estúpido, ridículo y anhelado invento llamado posteridad.

jueves, 21 de febrero de 2013

El hombre que hablaba de Bryce Echenique

Dándole pena a la tristeza
Alfredo Bryce Echenique
Anagrama. 273 páginas


Me enteré de una trágica y maravillosa revelación literaria tomando un café que me costó un euro con veinte céntimos en una terraza de un pueblo de Cádiz. En realidad no me enteré precisamente en ese momento, pero ahí fue cuando empezó a tomar forma, cuando empezó a desvelarse frente a mí, y a partir de entonces supe que debía hacer cualquier cosa para descubrirla del todo. Era verano. Me había levantado tarde y había encendido el ordenador. Estaba escribiendo una novela que aún hoy, cinco años después, no he logrado terminar. La mujer con la que vivía entonces, quien amablemente había aceptado alojarme en su casa, llegó del trabajo pasado el mediodía y, sin saber muy bien por qué, empezamos a discutir. Salí a la calle para rehuir el enfrentamiento y me resguardé del sol en una terraza. Eran las dos de la tarde, hacía mucho calor y yo no tenía nada que hacer. A ratos miraba el mar, un mar terriblemente estancado; a ratos leía La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique; a ratos simplemente dejaba que la vida pasara por delante de mí como quien ve pasar un tren: con sistemática melancolía hacia lo que le depara su destino. A ratos fui feliz. A ratos, por supuesto, no lo fui en absoluto.

En aquella terraza, mirando el mar y leyendo y dejando la vida pasar, empecé a ser consciente de que mi vida no era ni mucho menos tan interesante como yo había imaginado; no era, por ejemplo, ni la mitad de interesante que la vida exagerada de Martín Romaña. Mi primera reacción fue de consternación. La segunda, en cambio, fue de agradecimiento hacia el señor Bryce Echenique y hacia los escritores que tienen vidas interesantes o que saben hacer que su vida parezca interesante y por lo tanto consiguen que nuestra vida sea también interesante, emocionante, conmovedora e infinitamente más divertida que cualquier cosa que pudiera ocurrir en aquel pueblo de Cádiz a lo largo de ese verano. A pesar de esta certeza iluminadora, durante el tiempo que estuve allí yo me resistí a la evidencia y día tras día seguí escribiendo un diario, no así la novela, el triste y anodino y reflexivo y también exagerado diario de un escritor que ahora, años después, resulta paradójicamente interesante. ¿Por qué si no una pequeña editorial se ha mostrado interesada en publicarlo?

El respeto y la admiración hacia el señor Bryce Echenique no me impidieron empezar a vislumbrar la trágica y maravillosa revelación literaria que sólo ahora, mucho tiempo después, he comprendido del todo. Mientras estaba sentado en esa terraza, mirando el mar y leyendo y etcétera, comencé a sentir el peso de la tradición, el peso de todos los libros y de todas las literaturas y de todos los hombres y mujeres que habían escrito antes que yo obras magníficas y reveladoras y eternas, muchas de las cuales yo no había leído todavía y algunas más que posiblemente no vaya a leer jamás. Ese peso, muy leve al principio, fue creciendo hasta hacerse insoportable, como la culpa por traicionar a un amigo, como el sentimiento de fracaso, como el pecado capital. ¿Cómo podía yo convertirme en un gran escritor si no había leído esos libros (y a lo mejor no los leía nunca) y además bebía demasiado (sin sacar nada de provecho con ello) y mi estilo narrativo imitaba el estilo de los escritores que admiraba (como el del propio Bryce Echenique) y mi memoria retenía detalles sin importancia (como el precio del café) pero olvidaba las lecciones vitales (como reponerse ante la adversidad) y tampoco era perseverante (más de cinco años para escribir una novela de menos de 200 páginas) y no era demasiado valiente (huía de los problemas) y además no tenía amigos que me pudieran dar consejos o pistas o al menos presentarme a editores y escritores que sí lo hicieran (porque había ido a Cádiz completamente solo) y para colmo de males había logrado enfadarme con la mujer que me alojaba en su casa (y que fue la única persona que me aguantó durante aquel desesperante verano)? 

Alfredo Bryce Echenique tiene ahora más de 70 años y ha publicado en Anagrama una nueva novela, Dándole pena a la tristeza, un libro que apenas ha logrado interesarme. Hace unos días volví a ver a la mujer que me alojó en Cádiz. Desde que me marché de allí fueron pasando cosas, cosas que hicimos nosotros y otras cosas que escapaban a nuestro control y que nos llevaron a separarnos igual que antes nos habían juntado. No hablamos mucho de aquello. En realidad no hablamos mucho de nada. Antes de irse ella, esta vez de mi casa, le regalé un ejemplar de La vida exagerada de Martín Romaña, el ejemplar que yo leía aquella tarde en una terraza de un pueblo de Cádiz mientras tomaba un café por un euro con veinte céntimos y empezaba a vislumbrar una trágica y maravillosa revelación literaria que sólo ahora, cuando me enfrento a la duda sobre si publicar el diario escrito durante aquel verano, he terminado de entender en toda su magnitud, y es que la literatura no es una materia objetiva ni inmutable, que la literatura está viva, crece, muta, funda linajes y tronos y derriba reyes y reinados, que cualquier escritor puede resultar interesante un día y mortalmente aburrido esa misma noche, y que la literatura es un juego muy serio, posiblemente el más serio de todos, y también, desde luego, el más imprevisible, el más desesperante y el más burlón.   

Conclusión: ¿Por qué seguimos escribiendo y leyendo cuando hay tantas mujeres solas caminando por la calle y tantos hombres solos buscando pareja por Internet? Bryce Echenique lo expresó así en la dedicatoria que precede al libro que le entregué a la mujer de Cádiz (y que no era Octavia): A Silvie Lafaye de Micheaux, porque es cierto que uno escribe para que lo quieran más.

¿Qué haremos si al final de todo descubrimos que la literatura se reduce a eso?



martes, 22 de enero de 2013

Lo que sé de Patricio

La vida interior de las plantas de interior
Patricio Pron
Mondadori. 140 páginas

Para empezar, una aclaración: en realidad no sé nada de Patricio Pron. Este ejercicio narrativo constituye así pues una auténtica osadía por mi parte la cual desearía que no se tuviera demasiado en cuenta por el lector, pero, sobre todo, por el propio Patricio Pron, de quien no sé nada en absoluto y tal vez sea mejor así.

Pero digamos que sé algunas cosas. Sé, por ejemplo, que Patricio es un escritor argentino y que como tal admira la obra de Jorge Luis Borges considerándola al mismo tiempo una solución y un problema. También sé que Patricio es el autor de unos cuantos relatos memorables y de otras tantas novelas y que por lo tanto es un gran escritor. Sé, además, que su devoción por la literatura es compleja, que su pasión por la lectura y el juicio crítico que de ella se deriva es inconmovible, y que su compromiso con la escritura y con los lectores es constante y auténtico. Sé que posee una actitud creativa polimorfa y estimulante, que combina con acierto y elegancia diversidad de técnicas formales y recursos estrictamente narrativos, que su cultura literaria es amplia y heterogénea lo cual enriquece su obra y la vuelve más atractiva si cabe, sé que está dotado de un estilo propio e inconfundible aunque aquí y allá se dejen ver influencias, apropiaciones reflexivas y respeto por la obra de otros grandes escritores. Y sé, para zanjar esta deriva cognitiva, que Patricio fue amigo de Bolaño y que el chileno fue un entusiasta de su obra cuando nadie lo era, ni siquiera el propio Patricio, y que conocer a Bolaño, aun habiendo sido una experiencia intensa y feliz, no le hizo acreedor de ninguna verdad sobre él que no nos pueda ser revelada a los demás a través de la lectura de sus libros.

La enumeración de saberes anteriores, para qué negarlo, obedece en verdad a dos motivos. El primero, evidente, es que soy un fervoroso admirador de los libros suyos que he podido leer hasta ahora: Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), y La vida interior de las plantas de interior (2013); lo cual me lleva a pensar que soy un buen conocer de al menos la última parte de su obra. El segundo motivo concierne a mi labor como periodista, gracias a la cual he tenido la oportunidad de entrevistar a Patricio Pron en tres ocasiones, dos de ellas vía mail y una en persona, la última, ocurrida hace pocos días en una librería-bar de Madrid (Tipos infames) y mediante la cual tuve conocimiento de su compleja y enriquecedora visión de la literatura, lo verdaderamente relevante para el caso, así como de algunos acontecimientos de mayor o menor importancia en su vida, que yo tendía a considerar relevantes hasta que él mismo se apresuró a negarlo poniendo como ejemplo el caso de su relación con Bolaño y otros encuentros personales del todo infructuosos entre escritores.    

Lo que no sabía de Patricio, y ahora sí sé, es que estaba en posesión de unas cuantas certezas, algunas incluso demasiado obvias, que dejaban en evidencia otras tantas presunciones que creía tener yo. Sin extenderme en la cuestión, me gustaría dejar constancia de ellas para que puedan servir a otros escritores, pero sobre todo para que no las olvide yo. Lo que sigue a continuación es una transcripción abreviada de los postulados de Patricio, que él explicó con profusión y deleite durante las casi dos horas que duró la entrevista.

1. Que un escritor debe por fuerza escribir, a ser posible día y noche, existan o no sus lectores, y que cuando estos existan deberá hacerlo aún con mayor responsabilidad.

2. Que un escritor puede elegir entre explorar nuevos caminos y renovarse con cada libro para aumentar el número de posibilidades, o bien dedicarse a escribir una y otra vez el mismo libro y que esa vía también arroja resultados interesantes.

3. Que un escritor puede decidir controlar y agotar los efectos de su narrativa, o bien permitir que ésta establezca lazos insospechados y que escapan a la voluntad del autor generando con ello nuevas reflexiones con cada nueva lectura.

4. Que toda escritura, como sabía Borges, es autobiográfica, no sólo en relación a los hechos sino en tanto en cuanto ha formado parte de la vida del escritor.

5. Que los premios literarios son el producto de una lógica viciada porque es un sinsentido decidir entre dos textos de gran calidad pero pertenecientes a géneros distintos cuál de ellos es mejor; aunque su existencia es necesaria porque descubren a nuevos a autores, como Julián Herbert, o como fue su caso tras ganar el Premio Jaén.

6. Que la finalidad de la crítica literaria consiste en poner en duda nuestro propio juicio crítico haciéndolo más complejo y devolviéndonos una visión renovada de la literatura que enriquezca la discusión sobre libros en la sociedad.

7. Que en España tenemos una abierta propensión a juzgar a los autores y no a sus libros (sic), y que la antipatía o amistad con el autor debe quedar fuera del análisis de los textos (sic again).

8. Que la literatura no debe juzgarse desde un punto de vista moral porque entonces nos perderíamos grandes obras como El viaje al fin de la noche o La montaña mágica por los defectos morales de sus autores, e incluso muchas de las escritas por los cándidos escritores actuales.

9. Que el impulso de la escritura puede nacer de la falsa ilusión de que los libros que leemos hubieran sido mejores si los hubiéramos escrito nosotros, y que eso es culpa de nuestras falencias como lectores, que serán subsanadas con el tiempo mediante la lectura de más y mejores libros.

10. Que en demasiadas ocasiones un escritor está tan implicado emocionalmente en su propia obra que le resulta difícil decir algo objetivo sobre ella y que por ese motivo los escritores son los peores críticos de sus obras y que no deberíamos preguntarles sobre ellas.

11. Que cualquier escritor, sea profesional o aspirante, se encuentra en el mismo lugar a la hora de comenzar un libro, y que la diferencia entre ambos estriba en que escribir más libros posibilita descubrir más errores y escribir más horas permite llegar a ser mejor.

12. Que un escritor joven como él que en su día recibió ánimos, consejos y ayuda literaria de otros escritores debe ser honesto con ese legado y ofrecer a los escritores que vienen detrás ánimos, consejos y ayuda.

13. Que la verdadera enseñanza de un escritor está en sus libros y no en su personalidad o en sus vivencias, lo cual forma parte de la mitomanía o morbosidad, que por otro lado resulta inevitable, y que la resolución de algunos misterios literarios siempre es menos interesante que el misterio propiamente dicho.

14. Que Cheever tenía razón al decir que la literatura podía salvar el mundo pero que probablemente se refería al mundo interior, ya que amplía el repertorio de posibilidades y nos lleva a preguntarnos acerca de nosotros mismos y nuestras condiciones de vida.

Y 15. Que la lectura, y por tanto la literatura, es una especie de religión laica que exige mucho pero garantiza a cambio una forma de salvación, o al menos un consuelo, y que tal vez ésa es la razón por la que no podamos dejar nunca de leer, de escribir y por tanto de amar la literatura. 

Si alguna vez supe o pensé otra cosa diferente acerca de estas cuestiones, me veo obligado a desmentirme y corroborar sin ambages lo expuesto por Patricio Pron. Para bien o para mal soy un escritor francamente influenciable. Son muchas las horas que dedico a la escritura y a la lectura pero sé que no son suficientes, que están muy lejos de las 20.000 horas de trabajo que según algunas estadísticas que me refirió Patricio son necesarias para crear una obra maestra, sé que debo perseverar, que debo ser honesto y dejar de lado la presuntuosidad, la vanidad y la estúpida gloria ínfima que reporta escribir un solo párrafo logrado, una metáfora válida, una imagen duradera. Sentado enfrente de Patricio Pron, en la planta baja de la librería Tipos infames cuyo techo es de cristal y permite ver lo que sucede arriba desde una óptica agobiante y extraña, me sentí un escritor afortunado por asistir a una muestra palpable de entusiasmo y goce literario, pero al mismo tiempo no podía dejar de pensar que mi vida entera era una pérdida de tiempo porque la literatura en realidad no significa nada y sería mejor que hubiera dedicado todo ese tiempo a aprender aeronáutica o medicina preventiva pero en lugar de eso había escogido encerrarme con Patricio en un acuario de yeso para hablar de cosas abstractas y perturbables como lo es la literatura mientras encima de nosotros la gente nos recordaba con sus pisadas que la vida seguía y que la vida era indiferente a nuestra posición subterránea en la que podíamos sentir el peso de los libros y de todas aquellas cosas más importantes que nosotros porque los dos estábamos solos y allí dentro hacía frío y el tiempo seguía su curso, lo supe porque la grabadora se quedó sin pilas y algunas palabras de Patricio se perdieron en el agua y entonces cambié las pilas y luego seguimos la conversación y Patricio terminó su agua con gas y mordió el limón y yo apuré una cerveza Alhambra y lenta pero irremediablemente llegó el momento de salir al exterior porque llevábamos casi dos horas ahí adentro y estábamos entumecidos así que subimos a la superficie, cogimos aire, y una vez afuera descubrimos con terror que nada había cambiado.

Entonces nos acercamos a la barra y Patricio quiso pagar pero yo por supuesto me negué y le dije que a cambio me firmara el ejemplar que yo tenía de su libro, La vida de interior de las plantas de interior, donde todos los personajes que aparecen están encerrados en sí mismos, sin poder abrirse a la vida, actrices y actores porno, amantes, niños, animales y escritores, bastantes escritores que sueñan el gran juego de la literatura de maneras distintas y contradictorias, enfermizas y deleitables, pero todos ellos al borde de la desesperación, al filo del abismo, como había vivido Patricio y como algunas veces había vivido yo, porque así es como tiene que vivir un escritor su relación con la literatura, como si cada libro leído fuera el último antes de caer al vacío, como si cada línea escrita fuera su epitafio, así tiene que ser la literatura para aquellos que quieren encontrar en ella verdad y significado antes de que su ejercicio se vuelva cómodo y rutinario y meramente mercantilista y cualquier otra cosa, salir a cenar, asistir a presentaciones, jugar con el gato, sea más importante que sentarse delante del ordenador y escribir, escribir durante toda la noche aunque en algún momento intuyan que tal vez la literatura no es más que una pérdida de tiempo y al instante lo nieguen, lo rechacen, se desesperen y se harten del mundo y de sí mismos y entonces, minutos antes del amanecer, salgan a pasear por la oscuridad dejándose atrapar por ella y por la convicción de que la literatura, en verdad, es lo único que puede salvar el mundo.

Eso es lo único que sé. 

viernes, 18 de enero de 2013

Cercas no tiene quien le escriba


Las leyes de la Frontera
Javier Cercas
Mondadori. 382 páginas

Cada vez tengo menos claro por qué los escritores siguen escribiendo libros cuando ni aunque viviéramos 200 años seríamos capaces de leer los miles de ellos que ya están escritos y que en cierto sentido son insuperables. Dicen los clasicistas que en las 37 tragedias griegas que han quedado de Sófocles, Eurípides y Esquilo está contenido el mundo. Algunos se atreven a decir que bastan La Ilíada y La odisea de Homero o unos cuantos Diálogos de Platón para entender al hombre, sus luchas y sus eternas dudas. Por supuesto, no hay que olvidar que posteriormente escribieron libros inmortales tipos como Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Dostoievski, Proust, Kafka, Joyce y puede que alguno más. Muy bien. Y ¿todo esto para qué, si la novela más leída del 2012 ha sido Misión Olvido de una tal María Dueñas que no parece haber comprendido ni asimilado nada de lo acontecido en esos monumentos imperecederos del pasado?    

Ser escritor es un destino pobre para un hombre (y para una mujer). Entre la solemnidad y el ridículo uno se pasa la vida interpretando papeles que no acaba de entender. Son muchos, casi innumerables y no siempre excluyentes, así que uno se puede entretener de lo lindo jugando a ser el erudito, el académico, el autodidacta, el descarriado, el bohemio, el maldito, el plagiador, el plagiarista (que se parece al plagiador pero no es para nada lo mismo), el virtuoso, el insolente, el chupatintas, el lameculos, el simple contador de cuentos, el cuentacuentos (que se parece al contador de cuentos pero tampoco son lo mismo), el iluminado, el riguroso, el profesional, el sensacionalista, el escrutador de la realidad, el artista del hambre, el manipulador de las mentes, el domador de las emociones, el instigador de las masas, el ladrón de lágrimas, el buscador de tesoros, el arqueólogo de los textos, el luchador del lenguaje, el exégeta, el místico, el pornográfico, el payaso, el defensor de las causas perdidas, el valuarte de la excelencia, el inventor de palabras, el caballero de las letras, el adalid del exabrupto, el fanfarrón, el chistoso, el bufón de la corte (que se parece al chistoso pero…), el soñador, el activista, el pecador y el redentor de la humanidad. (Pido disculpas si algún escritor no se ha visto reflejado en esta somera enumeración, y le ruego me comunique qué papel me he olvidado.)

No me atrevo a decir qué papel juega en toda esta historia el escritor Javier Cercas. Desde que empecé a leer su obra me convertí en un ferviente admirador suyo. Luego, consecuencia ineludible, fui un vulgar imitador de su estilo. Más tarde me convertí en un experto en sus constantes narrativas y después, otra consecuencia ineludible, empecé a aburrirme de ellas. En algún momento del pasado sentí lástima por mí y por él y por los libros que había escrito él y por los libros que tenía pensado escribir yo y que probablemente no escribiría nunca; y entonces llegó el aciago día en que leí su última novela, Las leyes de la frontera, y de nuevo, de manera ineludible, sólo quedó una total y absoluta indiferencia, lo cual, lo estoy notando ahora, me produce una ineludible y paradójica tristeza.

Hagamos un resumen de mi relación de amistad con Javier. Su primer libro, El móvil, me pareció un ejercicio narrativo sencillo pero valioso. El inquilino me hizo pensar en las mejores posibilidades de la autoficción. El vientre de la ballena me dejó confuso. Soldados de Salamina me hizo creer definitivamente en la autoficción y en la capacidad para convertir la historia en algo hermoso pero del todo inane. Los Relatos reales le dieron la vuelta a esta idea convirtiendo la realidad más prosaica en artefactos inteligentes de ficción. La velocidad de la luz logró conmoverme al tiempo que instauró una barrera incómoda entre nosotros. La lectura de las diferentes recopilaciones de sus artículos y reportajes me granjeó nuevamente su amistad y cercanía y tuvimos lo que se llama una segunda oportunidad. Sin embargo, su tendencioso acercamiento al golpe de estado de Tejero en Anatomía de un instante me volvió a hacer dudar de sus condiciones y estrategias narrativas, hasta que llegó el día (aciago día) en que leí Las leyes de la frontera y decidí que nuestra relación se había acabado y que Javier me había dado todo lo que podía ofrecerme cuando yo era un escritor joven, inexperto y desamparado y necesitaba un padre, un valedor y en definitiva un amigo, pero que era indudable que había llegado el momento de separarnos porque yo ya no era un escritor tan joven ni tan inexperto aunque sí igual de desamparado y lo único que quedaba entre nosotros era el recuerdo melancólico de una bonita amistad y el rechazo que genera la mutua incomprensión.    

Ortega y Gasset, hace casi un siglo, se preguntaba qué sentido tenía dar más libros superfluos a la imprenta (lo cual no le impidió entregar alguno de ellos). Siento decir que Las leyes de la frontera lo puede llegar a ser. La pregunta inevitable que me hago es la siguiente: ¿alguno de los libros que yo planeo escribir o que ya he escrito podrán escapar a este pobre destino? Sea afirmativa o negativa esta respuesta, ¿quién lo habrá decidido? El libro de Cercas, sin ir más lejos, ha sido seleccionado como uno de los diez mejores del pasado año por críticos respetados y respetables. Por supuesto, para mí no está ni entre los 100 mejores. Pero ¿quién soy yo para emitir semejante juicio? Bueno, digamos que sólo soy un antiguo amigo que le echa de menos y quizá, sin darme cuenta, me haya dejado llevar por el resentimiento de la pérdida y por la nostalgia de lo que fuimos y que ya nunca seremos. Aunque éste sea el último dolor que Javier me causa, y ésta sea la última carta que yo le escribo.

jueves, 29 de noviembre de 2012

El maestro Chaves Nogales que estaba allí

No sé en qué momento empecé a cambiar, a convertirme en una persona diferente de la que era, una persona peor. ¿Cómo puede saberse algo así? Supongo que el abuso del alcohol y de ciertas sustancias ilegales habrán sido factores decisivos. También la excesiva visualización de escenas pornográficas donde la mujer es tratada con desprecio. La visión diaria de la pobreza, las recurrentes imágenes televisivas de niños asesinados en guerras lejanas, la cercanía del desastre ambiental, ese tipo de cosas deben haber causado el efecto contrario al esperado, porque todo me resulta indiferente. Todo entra y sale de mi cuerpo sin dejar huella. Mis relaciones personales se reducen al mínimo indispensable. Me cuesta aceptar los fracasos de mi familia, la pena cíclica que nos envuelve; los éxitos y las paternidades de mis amigos no logran conmoverme, la práctica del sexo no sólo no me aporta el placer que conlleva, sino que, la mayoría de las veces, simple y llanamente me aburre. Estoy a punto de perder mi trabajo y todavía arrastro deudas de aquella época en la que todos nosotros vivimos por encima de nuestras posibilidades. Recortes, huelgas, manifestaciones. Admiro a los que protestan pero yo no lo hago porque no confío en la repercusión de las protestas. Evidentemente, soy peor persona ahora que antes, cuando tenía sueños y confiaba en las personas y me conmovía cualquier cosa que pasaba en el mundo y a mi alrededor. Pero lo verdaderamente sorprendente de todo este asunto es que, a pesar de todo, soy una persona feliz. Una persona indiferente, ensimismada y ególatra, como la mayoría de nosotros, pero una persona feliz, al fin y al cabo. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque creo en la literatura. Porque mientras siga vivo podré seguir leyendo, podré seguir escribiendo. Y porque en la historia de la literatura existen tipos tan geniales, inteligentes y necesarios como Manuel Chaves Nogales.

Este magnífico escritor sevillano, que vivió la que fue con toda seguridad la época más turbulenta y más trágica pero también más excitante de la Historia, las primeras cuatro décadas del siglo XX, me hace feliz. Leer sus novelas me hace feliz. Leer sus crónicas me hace feliz. Leer sus nueve novelas sobre la Guerra Civil me hace feliz. Leer su viaje por Europa en avión me hace feliz. Leer los artículos que otros escritores escriben sobre él me hace feliz. Hablar de los libros de Chaves Nogales con los pocos amigos que me quedan me hace profundamente feliz. ¿Por qué? Porque todo me da igual pero en realidad todo me preocupa, mis adicciones, mi familia, mis amigos, mis relaciones sexuales, la pobreza, la guerra, el mundo y sus habitantes me preocupan porque todo ello forma parte de la literatura, todo ello es literatura o está a punto de serlo, y la literatura es lo único que me preocupa y lo único que me hace feliz.

No estoy diciendo que toda la literatura me haga feliz. Hay literatura aborrecible y condenable, e incluso no toda la obra de Chaves Nogales merece pasar a la posteridad. (La posteridad, qué absurdo y maravilloso lugar). Chaves Nogales fue un hombre de su tiempo, adelantado a su tiempo, es cierto, pero irremisiblemente anclado en él. Nadie como él, en aquel entonces, supo ver qué estaba pasando en España durante la Guerra Civil y qué es lo que iba a venir después. Hizo lo mismo con la Revolución Rusa y con la rendición de Francia a los nazis. Pero también se equivocó en sus perfiles de lo que era Europa y de lo que debería ser, lo cual, dicho sea de paso, no le envilece sino que le hace más grande. Chaves Nogales era un hombre de ideas, de posturas, de pensamiento y de acción. Era una personalidad única y tenía un talento inesperado para observar la realidad y también para equivocarse. Pero era y es, por encima de todo eso, un magnífico escritor. Y yo le admiro y le quiero por eso. Me hace feliz. Me hace más inteligente, más perspicaz y me hace mejor persona porque me ayuda a seguir vivo y a repensar la historia y la vida y mi estúpida realidad. Consigue que piense que no todo está perdido y que tenemos que seguir luchando y seguir escribiendo y seguir peleando por lo que sea que queramos pelear siempre y cuando lo hagamos desde la inteligencia, la observancia y el talento. Qué importa todo lo demás si al menos sabemos que por mucho que hagan y destruyan no nos pueden engañar, ya no, porque siempre habrá tipos como Chaves Nogales que digan la verdad, o digan algo tan parecido a la verdad que hagan que todo lo demás resulte una impostura cuando no una mera burla. Y saberlo no nos hará mejores personas, porque la inteligencia no es un factor de virtud, pero nos hará personas diferentes y con eso basta. Ni mejores ni peores. Simplemente diferentes.  

Echo de menos a esas personas obsesionadas con la verdad y con la literatura y con la escritura. Echo de menos a Chaves Nogales, aunque gracias a Trapiello y a otras personas lo hayamos recuperado trozo a trozo, libro a libro. Echo de menos a mis amigos. Echo de menos a la persona que fui y que ya no soy. Aunque, tal vez, después de todo, tampoco sea tan malo ser quien soy. Porque como dice Queveco Chao, la vida da asco y todo me importa un carajo. Y si no sabes quién es Queveco Chao deberías leer más. Todos deberíamos leer más, y follar más y amar más y protestar más y beber más, como si lo fueran a prohibir, porque tarde o temprano lo harán. Y entonces sí que se va armar una buena.

Idos preparando.

miércoles, 24 de octubre de 2012

La insoportable levedad de Ingrisano

El verano se termina entre abandonos mediáticos, muertes históricas, tristezas multimillonarias y penurias reales de todo tipo y condición. Entretanto, el resto de mortales miramos a la vez hacia delante y hacia atrás, hacia un tiempo que comienza y otro que termina, y hacemos balance y me arriesgo a aventurar que (casi) ninguno de nosotros ha cumplido todas sus expectativas. Yo mismo, por poner un caso, no las he cumplido. Puede que algunas sí, es cierto. La mayoría, en cambio, no. Septiembre es un mes raro pero repetitivo. Cada año vuelven las mismas incertidumbres, esperanzas y melancolías. Incertidumbres simbolizadas en la llegada de un nuevo curso escolar que, ya sea de forma directa o indirectamente, sigue rigiendo nuestros biorritmos. Esperanzas porque RBA siempre saca una docena de fantásticos coleccionables y sólo con comprar el primer lanzamiento (al módico precio de 1,95 euros) uno adquiere al instante una estupenda colección de objetos diminutos y totalmente inútiles que nos acompañarán hasta la próxima mudanza. Melancolías porque los días son cada vez más cortos y las noches más largas y las hojas y el pelo y la firmeza de la juventud caen lentamente sobre el suelo de la existencia (ah). Por eso solemos dejarlo (casi) todo de lado durante el verano y es en septiembre cuando hacemos lo posible por retomar (casi) todo aquello que dejamos a medias. Como el colegio, como la esperanza en el futuro, como la escritura. Por eso es ahora, en septiembre, cuando vuelvo a escribir. Para compensar el desequilibrio de expectativas cumplidas.

Hace prácticamente un año que Alejandro García Ingrisano (Madrid, 1986) publicó un libro llamado Pitcairn en el pequeño sello editorial El Olivo Azul. Sin embargo, no fue hasta el mes de junio que me enteré de tan magno acontecimiento, más o menos al mismo tiempo que llegaba a mis manos la primera y hermosa edición de Siberia, publicada por la misma editorial, la segunda novela de Juan Soto Ivars (Águilas, Murcia, 1985) prologada por su querido amigo Ingrisano, del mismo modo que el joven Ivars prologó en su momento la novela de Ingrisano que se publicó hace prácticamente un año y de la que hablaremos a continuación porque durante los meses de julio y agosto de este verano el libro que la encierra ha tenido varias funciones en mi vida; a saber: como estímulo, como compañero de viaje, como motivo de burla y enfado, como origen de razonamientos diversos, como objeto arrojadizo en una discusión, como posavasos, como superficie donde esparcir sustancias ilegales, como excusa para volver a hablar de literatura y, finalmente, como constatación de una catastrófica pero reveladora evidencia. Vayamos, si no hay objeciones, por partes.

Estímulo.
Que tal y como están las cosas en el mundo editorial sigan existiendo sellos independientes que apuesten por narradores jóvenes siempre es motivo de alegría para los lectores y de esperanza para los escritores. Más, si cabe, tratándose de dos personas a las que conozco y a las que me une, según creo, cierta extraña simpatía.

Compañero de viaje.
El mismo día que salía de viaje hacia Berlín compré el libro de Ingrisano sin saber que la acción de la novela transcurría en esa ciudad, si bien hace más de 30 años. De Berlín fui a París, de allí a La Rochelle, luego a Rochefort, y haciendo parada en Burdeos nos encaminamos hacia Bilbao. Después volví a Madrid y todavía seguí leyendo el libro en las tardes calurosas del mes de agosto.

Motivo de burla y enfado.
Por el tiempo que he tardado en leerlo puede parecer que se trate de una novela interminable, pero nada más consta de 154 páginas. Sin embargo, desde que adquirí el libro y leí el prólogo escrito por Ivars pasaron varios días hasta que, superada la vergüenza, comencé la lectura. El esfuerzo que en esas líneas se hace por crear en torno al autor un aura de escritor maldito, bohemio pero con clase, campechano pero erudito, todo un caballero digno de mejores épocas, es inapropiado por innecesario, cuando no completamente burlesco. Que dos jóvenes que no llegan a la treintena jueguen a tratarse como personajes dieciochescos, incluso en el manejo de las referencias y el lenguaje, sencillamente me enfurece. A no ser, por supuesto, que todo esto forme parte de una mascarada literaria.

Origen de razonamientos diversos.
Pircairn no es una buena novela. Tampoco diría que es una novela mala. Me parece un texto excepcionalmente bien escrito, en el que se alternan momentos delirantes con piezas gratuitas si bien siempre manteniendo a gran altura un peculiar sentido del humor. Pero parece un humor impostado de otra época, igual que el esnobismo de los personajes y la fragilidad de la trama. Toda la emotividad de la novela la va acaparando progresivamente el joven escritor Juan Ivars, en un sabio ejercicio de desdoblamiento del narrador. La estructura, que hace las delicias del prologuista, no deja de ser arbitraria, en cuanto que el narrador utiliza a su antojo el tiempo que maneja. La circularidad y el recurso al manuscrito hallado son recurrentes muestras de erudición y, por lo mismo, motivos de cansancio. Pero, a pesar de estas flaquezas, hay algo en la escritura de Ingrisano que convierte la lectura en una elegante lucha contra los clichés y la bisoñería de la que adolecen (de la que adolecemos) muchos escritores noveles. Escritores que, como Ingrisano, como Ivars (el ficticio y el real) o yo mismo, tendemos a darnos más importancia de la que jamás llegaremos a tener por mucha literatura que le añadamos a nuestras vidas, tan normales y corrientes.


Objeto arrojadizo en una discusión, posavasos y superficie donde esparcir sustancias ilegales.
Una reunión de amigos como cualquier otra. No creo que hagan falta más aclaraciones



Excusa para volver a hablar de literatura.
O de algo que se le parece.
Constatación de una catastrófica pero reveladora evidencia.
Hasta donde yo sé, ni Ingrisano (aunque durante su estancia en Berlín se alimentara a base de patatas y no pudiera soñar con tener un ordenador), ni Ivars (el escritor real, no el ficticio, aunque se parezcan), ni yo (el mayor de los tres y el único que no ha publicado ningún libro), ni la mayoría de los escritores jóvenes que ambicionamos sacar adelante una literatura propia y singular, no hemos vivido ninguna guerra en primera persona, no hemos estado al borde de la muerte, no hemos tenido que exiliarnos, no participamos en manifestaciones ni sufrimos el acoso policial, no hemos pasado hambre, no hemos visto a nuestros hermanos asesinarse por una ideología moribunda, no tenemos que luchar con otras especies por la supervivencia, no sufrimos enfermedades letales, no creemos en Dios ni creemos en el infierno. Somos gente normal y corriente que vive vidas normales y corrientes rodeadas de personas normales y corrientes. Sufrimos, eso por supuesto. Tenemos problemas, hemos visto morir a gente que queríamos, nuestros padres se han divorciado, nos hemos peleado a puñetazos con nuestro mejor amigo, hemos sido humillados y abandonados por varias mujeres, somos débiles, el poder nos engaña, la prensa nos manipula, la economía nos ha dejado de lado, a veces no tenemos dinero ni para coger el autobús, enfermamos y nos deprimimos y algunas veces nos gustaría estar muertos. Está bien. Todo eso es cierto. Pero no por eso somos legendarios, no por eso somos personas más especiales que otras. Somos superficiales, esquivos, egoístas, insolentes. No sé si tenemos algo que contar. Supongo que algunos de nosotros sí; intuyo, lamento, que la mayoría de nosotros no. Sin embargo, entre decir y callar, entre ser espectadores o participar de alguna manera en la acción, nosotros, los jóvenes escritores, siempre debemos elegir seguir escribiendo porque entre tanta verborrea, grandilocuencia y estupidez de 140 caracteres es necesario que alguien intente decir algo interesante, útil, duradero, ejemplar, magnífico, intenso, verdadero y supongo que, inevitablemente, también será superficial. Porque no somos ni seremos leyendas y es mejor que sea así porque entonces se complicarían de verdad las cosas y todos queremos que la vida siga tratándonos bien ya que lo único que seremos capaces de hacer por ella será escribir lo mejor que podamos, hacer de la vida literatura, o literatura de la vida, aunque intuyamos y temamos que tampoco eso valdrá para nada. O tal vez sí.

He ahí la insoportable levedad de Ingrisano: La insoportable levedad de ser escritor

martes, 12 de junio de 2012

El extraño caso del Dr. Pardo y Mr. Herbert

Leer no sirve para nada. El tiempo pasa y no pasa nada. ¿Qué podría pasar? Las bolsas se desploman, las guerras continúan, las finales deportivas se siguen jugando. Entretanto, un hombre y una mujer discuten acerca del futuro que les espera a sus hijos con estos tiempos y estos recortes y esta dichosa crisis, sin saber que esos hijos, pasados los años, les negaran la palabra. En otro lugar, quizás en un bar, un jardinero y un publicista malgastan su dinero en alcohol y en lugar de pensar que no tienen nada que decir no piensan lo que deberían decir y no dicen más que tonterías. Como todos nosotros. El tiempo sigue pasando, lentamente, aunque a veces, también, demasiado deprisa. Las bolsas juegan, la gente se mata, tu equipo gana. Enhorabuena. 

El tiempo pasa. Dos personas, dos escritores, escriben. Son Carlos Pardo (Madrid, 1975) y Julián Herbert (México, 1971). No se conocen y eso tampoco importa. En sus respectivas novelas, Vida de Pablo y Canción de tumba, los dos escriben sobre varias cosas. Sobre la enfermedad, sobre  literatura, sobre el tiempo. Pero sobre todo escriben sobre ellos mismos. ¿Sobre qué otra cosa podrían escribir? No saben cómo funciona la bolsa, no han estado en la guerra, no asistieron a la última final en ese gran estadio. Escriben y hacen literatura, esa estúpida cosa que no vale para nada a menos que unos cuantos insensatos decidan que vale para algo. Pero ¿para qué podría servir? Y además, ¿por qué sirve la literatura de unos pero no la de otros? ¿Acaso esta acumulación de palabras sirve para algo? Pospongamos, por el momento, esta ambiciosa pregunta. 
 


El tiempo se detiene. Es raro, lo sé. Es imposible. Pero juguemos a ello. Juguemos a olvidar que estamos preocupados, que no tenemos dinero suficiente para pagar las facturas, que nuestros hijos se apiñan en las aulas, que en lugares lejanos la gente se sigue matando. Juguemos a perder la noción del tiempo, esa cosa terrible que nos muestra tal como somos y nos deja al descubierto. Bien. Y entonces, ¿qué podemos hacer? Una opción. Cerrar los ojos, respirar profundamente, pensar en todo lo que ha pasado, pensar en todo lo que podría haber pasado y pensar en todo lo que nos gustaría que hubiera pasado en nuestra vida. Pues bien, esa idea, ese pensamiento, ese desvarío, eso es lo que llamamos literatura. Y a nadie le importa. ¿A quién le puede importar lo que nos ocurra o no nos haya ocurrido jamás? Hay personas que se creen importantes y hay personas que no le importan a nadie y entre medias de unos y de otros estamos todos los demás. Nadie, en verdad, ninguno de nosotros, importa realmente. 
 
Lo extraño, lo misterioso, lo increíble y lo maravilloso es que las vidas, las idas y las vueltas, las locuras, los desvaríos, las enfermedades, las trivialidades, las estupideces y las palabras de unos tipos que no se conocen y a los que no conocemos nos puedan importar hasta el punto de sentir algo por ellos. Eso es, sin duda, lo más insólito y lo más duradero de la literatura. La empatía, la amistad que se produce entre seres imaginarios (o no) y unas cuantas palabras. La emoción. La verdad. La puñetera vida y el puñetero tiempo que pasa y que nos une y que luego nos separa aunque mañana el mundo se vaya de una vez por todas a tomar por el culo. Y cuando llegue ese momento, no sé qué harás tú, la verdad, pero yo estaré leyendo. Aunque no sirva para nada.